Agricultura regenerativa: Suelos resilientes

La agricultura regenerativa emerge como una estrategia decisiva para mitigar los efectos de la escasez hídrica.
Octubre 2, 2025
Por: Por: Héctor Chávez Teuber, Pegassus Agricultura orgánica y regenerativa

La crítica condición asociada a la disponibilidad de agua en la agricultura no solo está causada por la insuficiencia de lluvias y nieve, sino que se ve, además, agravada por la creciente salinidad de esas aguas y por la disminución en la capacidad de retención de humedad, consecuencia de la pérdida de carbono en los suelos. Estos factores, en conjunto, generan a su vez una disminución de la macroporosidad, mayor compactación y menor permeabilidad. Pero existe, además, otro factor menos conocido, estrechamente condicionado por un manejo agronómico inadecuado: el deterioro de la calidad del microbioma del suelo y de la rizósfera.

Agua y nutrientes: una relación vital para el suelo

Sabemos que una gestión acuciosa del agua es necesaria para mantener los nutrientes en forma soluble, disponibles para que las plantas los absorban correctamente. También resulta crucial para sostener la actividad de los microorganismos y determinar qué poblaciones predominan y en qué cantidades.

El agua disponible modifica las propiedades fisicoquímicas y el balance gaseoso interno del suelo – es decir, la proporción entre O2 y CO2-, regulando los procesos fisiológicos de plantas, microorganismos y fauna edáfica. Variaciones extremas de humedad pueden causar efectos drásticos en este sistema biológico. El exceso de agua satura los poros y expulsa el oxígeno, generando condiciones anaeróbicas. Las raíces también respiran y necesitan oxígeno para crecer y explorar el suelo; de lo contrario, la planta las suprime y desarrolla otras en sectores con oxígeno suficiente. Al mismo tiempo, la falta de oxígeno modifica las poblaciones microbianas, favoreciendo el crecimiento de bacterias anaeróbicas, metanogénicas y arqueas, que metabolizan el carbono del suelo mediante fermentación, liberando metabolitos tóxicos como alcoholes y aldehídos debido a la combustión incompleta de las moléculas orgánicas.

Humedad, oxígeno y equilibrio microbiano

Cuando la humedad es insuficiente y el suelo se seca, éste se contrae y pierde el contacto directo con las raíces. El espacio que se genera se llena con O2, perdiéndose la conductividad hidráulica entre suelo y raíz, con la consecuencia de que los nutrientes y el agua dejan de estar disponibles. A medida que disminuye la humedad, los iones disueltos (calcio, carbonatos, sodio, potasio, fósforo, aluminio, hierro, molibdeno, entre otros, cargados eléctricamente) se concentran, aumentando el potencial osmótico (salinidad) en torno a las raíces.

Ello provoca que el agua tienda a salir de la planta para equilibrar dicho potencial, deshidratando las raíces y reduciendo, además, la actividad descomponedora de la materia orgánica por parte de los microorganismos, debido a la limitación de su actividad enzimática.

La falta de agua suficiente en el suelo también modifica la actividad y composición de las comunidades microbianas, favoreciendo aquellas capaces de prosperar en condiciones extremas y que oxidan carbono orgánico, del cual obtienen energía con mayor facilidad.

Condiciones óptimas de porosidad y retención de agua

En una condición óptima, con un adecuado contenido de humedad y un balance gaseoso O2-CO2, que no genera estrés, la porosidad total del suelo debiera situarse cerca del 50%, con una macroporosidad de alrededor del 20%. En estas condiciones, el suelo alcanza su máxima capacidad de retención de humedad. Este potencial está determinado por el contenido de arcilla, pero aún más por la materia orgánica presente en los primeros 25 a 30 cm de profundidad. La mayor actividad microbiológica se produce cuando el 60% de la porosidad total está ocupada por agua. La humedad también regula la dinámica del nitrógeno. Con un nivel de entre 35 y 60% predomina la nitrificación, y la pérdida de nitrógeno como óxido nitroso es mínima. Con humedades superiores al 70% se aceleran la amonificación y la acidificación del suelo, alcanzando su punto máximo cuando la humedad fluctúa entre 80% y 95%. Cuando el suelo está saturado y sin oxígeno, el nitrógeno se volatiliza como óxido nitroso o N, perdiéndose en la atmósfera.

En el caso del fósforo, el 90% presente en el suelo es insoluble (fosfatos minerales, fósforo húmico, fosfato de Ca, Fe, Al y fósforo en hidróxidos y silicatos) e inmóvil, por lo que no está disponible para las plantas, situación que empeora si la humedad desciende al 30%. La disponibilidad óptima del fósforo soluble se alcanza con un 50% de humedad, llegando a su máximo con un 75%, condición ideal para la actividad de la enzima fosfatasa de los microorganismos.

La disponibilidad de potasio para las plantas guarda una relación directa con la humedad. Con un 50% de humedad aprovechable, la lixiviación del potasio puede ser elevada si el suelo carece de materia orgánica suficiente para retenerlo en forma intercambiable. Un manejo agronómico inadecuado que genere un exceso de potasio deteriora la estabilidad estructural de las arcillas, satura la CIC y la fija en forma insoluble.

Los microorganismos frente al estrés hídrico

Cuando la humedad es baja, el suelo es rico en oxígeno pero pobre en nutrientes disponibles, con una menor diversidad microbiana. Se ve favorecido entonces el desarrollo de microorganismos resistentes, principalmente bacterias Gram+ y actinomicetes, capaces de sobrevivir en condiciones adversas gracias a su eficiencia en el consumo de nutrientes y a la esporulación como mecanismo de supervivencia. En este escenario aumenta la presencia de bacterias nitrificantes (Nitrospira) y consumidoras de carbono, incluyendo arqueas.

Está demostrado que, en condiciones de baja humedad, los microorganismos producen más enzimas hidrolasas (que permiten degradar quitina, celulosa, lignina, pectina, hemice-lulosa, entre otras), y acumulan compuestos compatibles que reducen el potencial osmótico, evitando la deshidratación y muerte celular. Las bacterias sintetizan principalmente prolina, glutamina y betaína; los hongos, en cambio, producen polioles como glicerol, eritritol y manitol, que permiten mantener el turgo y proteger la estructura celular. Para ello requieren una gran cantidad de carbono, que obtienen de la materia orgánica del suelo.

La composición microbiana también se ve afectada por variaciones en el contenido de humedad del suelo. Un exceso de agua favorece la proliferación de microorganismos anaeróbicos facultativos, que impulsan la oxidación del carbono y la degradación enzimática de la materia orgánica. En este contexto aumenta la biodiversidad, con mayor presencia de especies bacterianas de Proteobacteria, Acidobacteria, Actinobacteria, Bacteroidetes, Verrucomicrobia, Firmicutes y Planctomycetes.

En cultivos exigentes como los frutales, la calidad del suelo depende en gran medida de la relación entre bacterias y hongos. Estos últimos son esenciales para generar carbono estable a partir de la biomasa vegetal muerta y fortalecer la rizósfera, mejorando la resiliencia frente al estrés hídrico y permitiendo a la planta mantener su productividad.

Materia orgánica: el corazón del suelo vivo

Sin embargo, una comunidad fúngica activa y beneficiosa requiere condiciones que hoy escasean en muchos suelos: alto contenido de materia or-gánica, protección frente a la exposición solar continua, estabilidad física (mínima labranza) y un nivel de humedad promedio y relativamente constante a lo largo del año. Los hongos son más vulnerables que las bacterias a las variaciones físicas y químicas del suelo, y presentan una menor resiliencia frente a la degradación.

Para alcanzar el potencial productivo de un cultivo o un frutal es indispensable mantener comunidades microbianas activas y equili-bradas, con suficiente materia orgánica que aporte la energía necesaria para la producción de enzimas liberadoras de nutrientes.

La relación C:N óptima para que los microorganismos liberen nutrientes es de 20:1. Mantener este equilibrio evita fluctuaciones bruscas de pH, potencial redox y humedad que alteran la composición microbiana y la relación entre hongos, bacterias, actinomicetes y protis-tas, manteniendo bajo control a los patógenos.

La resistencia al estrés hídrico de las plantas está estrechamente ligada al microbioma del suelo y, en especial, a los hongos de la rizósfera, que tienen la capacidad de secretar exopolisa-cáridos capaces de formar una barrera protectora contra la deshidratación. Estos compuestos agregan partículas de suelo, encapsulan la humedad, mejoran la porosidad, favorecen la permeabilidad y optimizan la absorción de nutrientes por parte de la planta.

La agricultura regenerativa busca modular el microbioma, promoviendo bacterias y hongos beneficiosos en la rizósfera para mejorar la absorción de agua, proteger contra el estrés hídrico, potenciar el desarrollo radicular, aumentar la biomasa y elevar la productividad.

Uno de sus objetivos centrales es incrementar la materia orgánica del suelo entre un 4% y un 7%. La materia orgánica humificada y estabilizada por los microorganismos puede retener 20 veces su peso en agua, además de funcionar como fertilizante de liberación lenta y eficiente.

Entre los mecanismos estudiados y aplicados se encuentra el uso de cultivos de cober-tura, diseñados de acuerdo con las características de cada predio, que mantienen el suelo cubierto la mayor parte del año, fijan carbono mediante exudados radiculares y favorecen microorganismos agregadores de partículas, reduciendo así la evaporación.

Hacia una gestión integrada del agua y del suelo

La implementación de metodologías regenerativas ha demostrado disminuir las necesidades de riego entre un 20% y un 30%, lo que se traduce en un menor gasto eléctrico y en la posibilidad de reservar agua para suplir la demanda estival, cuando el estrés hídrico afecta directamente la producción y calidad de la co-secha. Al mismo tiempo, se reduce la dependencia de fertilizantes químicos, gracias a la acción solubilizante de los microorganismos.

En definitiva, la ciencia agronómica actual ha alcanzado un nivel de conocimiento que permite desarrollar técnicas eficaces para mitigar la escasez hídrica mediante una gestión integrada del suelo. Ello implica mantener suficiente carbono para mejorar la retención de agua, modular el microbioma con un adecuado equilibrio gaseoso y sostener una estructura porosa estable que favorezca el desarrollo radicular en toda la profundidad del perfil disponible.