Avellano europeo en Chile: consolidación, volatilidad y el desafío de sostener un origen premium
Francisco Moreno, Director Agrícola Mataquito
La agroindustria del avellano europeo en Chile atraviesa probablemente uno de los momentos más relevantes de su corta, pero extraordinariamente intensa historia. En apenas algunas décadas, el país logró desarrollar una actividad sofisticada y profesionalizada, con creciente relevancia en el mercado mundial de avellanas. Lo que comenzó como una alternativa agrícola atractiva para determinadas zonas del país hoy forma parte de un negocio global en plena reconfiguración.
Chile posee una trayectoria agrícola reconocida mundialmente y ha sabido trasladar gran parte de esa experiencia al desarrollo del avellano europeo. Hoy el país se posiciona como un origen confiable, capaz de producir fruta de alto estándar, trazable, con excelente condición fitosanitaria, consistente desde el punto de vista industrial y reconocido internacionalmente por su calidad. Ese posicionamiento es el resultado de años de aprendizaje colectivo, incorporación tecnológica y una interacción permanente entre productores, asesores, viveros, proveedores tecnológicos y Agrichile, como uno de los principales articuladores del desarrollo técnico y comercial del sector.
Hoy, la industria chilena de la avellana tiene un impacto cercano a los US$ 600 millones en exportaciones, transformándose en uno de los rubros agrícolas más dinámicos del país y con mayor potencial de crecimiento hacia adelante. La temporada recientemente finalizada dejó múltiples señales para analizar. Algunas positivas, otras preocupantes, pero todas extremadamente relevantes para comprender hacia dónde se dirige el sector y cuáles serán los desafíos que deberá enfrentar durante los próximos años.

PRODUCTIVIDAD: UNA OPERACIÓN ORDENADA PERO CON FRAGILIDADES
Desde el punto de vista productivo, fue una temporada marcada por diferencias importantes entre zonas, huertos y manejos agronómicos. En términos generales, la producción nacional logró desarrollarse de manera razonable y la operación de cosecha fue considerablemente más ordenada y eficiente que en años anteriores a pesar de los desafíos que representaron las intensas lluvias de marzo. Sin embargo, también quedaron en evidencia ciertas fragilidades técnicas y fitosanitarias que no pueden ignorarse si pretendemos mantener nuestra competitividad internacional en el tiempo. En muchos huertos adultos se observaron caídas de producción promedio de entre 10% y 25%, dependiendo de la zona, del manejo y, especialmente, de la carga productiva de la temporada anterior.
Uno de los fenómenos más notorios volvió a ser el impacto de chinche en distintos sectores productivos del país. Si bien existieron huertos donde la incidencia fue relativamente menor, hubo otros donde el daño afectó significativamente la calidad final de la fruta; lo que refuerza la necesidad de continuar fortaleciendo los sistemas de monitoreo y manejo fitosanitario. Otra característica observada durante esta cosecha fue una mayor presencia de moho visible y oculto en la fruta, probablemente asociada a una caída más temprana y a una permanencia prolongada en el suelo antes de su recolección. A ello se sumó una condición relativamente transversal: calibres promedio algo inferiores respecto del año anterior.
Dependiendo de la zona y de las condiciones particulares de cada huerto, las causas fueron distintas, pero existió una percepción ampliamente compartida de una fruta comercialmente más pequeña. Asimismo, junto con el menor calibre apareció una condición particularmente relevante: una cáscara más delgada. Este aspecto, que podría parecer secundario para quienes observan el negocio desde fuera, tiene implicancias muy importantes en toda la cadena de valor. Una cáscara más fina aumenta la proporción de fruta partida durante cosecha, transporte y manipulación, afectando la condición industrial requerida por el comprador. Por lo tanto, una evaluación global de la temporada obliga a reconocer que existieron diversos factores que afectaron tanto la productividad, como la calidad. Sin embargo, reducir el análisis únicamente a esa dimensión sería un error.
UNA EVOLUCIÓN CON DESAFÍOS
Paralelamente, el sector mostró avances muy significativos en aspectos estructurales que hace pocos años constituían grandes focos de preocupación. Uno de los elementos más destacables fue el nivel de preparación con que los productores enfrentaron la cosecha. Se observó una mejora constante en infraestructura y capacidades operacionales. Aun existiendo brechas importantes por resolver, los productores continúan fortaleciendo sus capacidades industriales en un contexto de aumentos productivos relevantes.
La postcosecha probablemente será uno de los grandes desafíos técnicos y competitivos del sector durante los próximos años. El manejo de limpieza, secado y almacenamiento jugará un rol cada vez más determinante sobre la calidad final de la fruta y la capacidad del país de sostener su posicionamiento internacional. En ese contexto, los productores debemos continuar fortaleciendo nuestra infraestructura industrial intrapredial.
UNA GRAN EXPANSIÓN
Todo esto ocurre además en un escenario de fuerte expansión de superficie y crecimiento productivo. Uno de los antecedentes más relevantes entregados este año durante el meeting de Agrichile fue la estimación de aproximadamente 65.000 hectáreas plantadas en Chile. La cifra sorprendió a gran parte del sector y confirma que el país ya está entrando en una nueva escala productiva. La combinación entre la superficie plantada y la productividad por hectárea cambia por completo la dimensión de la conversación. Chile ya no puede ser considerado una actividad emergente, hoy participa activamente en un mercado global altamente competitivo y continúa ganando participación internacional año tras año.
El país busca consolidar y ampliar su posición como segundo productor mundial de avellanas. Tanto Chile como Estados Unidos han incrementado consistentemente su participación en el mercado internacional durante los últimos años, sin embargo, a diferencia del mercado norteamericano, nuestro país todavía posee un espacio importante para continuar expandiendo su superficie plantada y aumentar significativamente su producción futura.
Parte importante de esta madurez también se reflejó en la recepción industrial. Agrichile ha desarrollado durante los últimos años una operación cada vez más sólida desde el punto de vista logístico, industrial y operativo. Sus recientes anuncios de mejoras en infraestructura serán un aporte a la producción en constante crecimiento en el sur del país. Históricamente, las largas esperas y problemas logísticos constituían uno de los principales focos de preocupación para muchos productores.
Esta temporada, en cambio, se observó una operación considerablemente más ordenada y eficiente, aunque naturalmente aún existan desafíos y brechas por acortar. Ningún sistema es capaz de absorber perfectamente los peaks productivos de una cosecha altamente concentrada, pero sí quedó en evidencia una cadena que aprende, invierte y se adapta a su propio crecimiento. La evolución de los sistemas asociados a recepción y gestión de fruta también ha sido relevante. Hoy existe mayor trazabilidad, transparencia y acceso a información para los productores, algo fundamental en una actividad de largo plazo que requiere altos niveles de confianza entre productores y poderes compradores.

¿CÓMO SE OBSERVA EL FUTURO EN TURQUÍA?
Mirando hacia adelante, la cosecha que debiese iniciarse en Turquía a mediados de agosto de este 2026 volverá a ser determinante para el comportamiento del mercado mundial. Las primeras estimaciones presentadas durante el congreso de la INC, realizado en Macao en Mayo de este año, apuntan a una producción superior a las 800 mil toneladas solo en Turquía. Sin embargo, esas proyecciones me parecen excesivamente optimistas. La percepción predominante dentro del sector es que la producción turca debiese ubicarse más bien entre 700 y 750 mil toneladas. De todas maneras, se trata de un año ON para este mercado, con árboles provenientes de una temporada menos exigente desde el punto de vista fisiológico, lo que efectivamente permite proyectar una cosecha importante.
Las heladas registradas en Turquía durante la primera quincena de abril de 2026 fueron relativamente débiles y ocurrieron principalmente en sectores altos donde las plantas presentaban un desarrollo fenológico más retrasado. Por lo mismo, no se estiman daños relevantes desde el punto de vista productivo. Sin embargo, nuevamente será necesario observar cuidadosamente la calidad final de la fruta de este origen. Los problemas asociados a chinche continúan presentes y podrían mantenerse ciertos efectos relacionados con sequía y fenómenos climáticos asociados al Niño en esas latitudes, particularmente sobre calibre y rendimiento industrial.
Como ocurre históricamente en este mercado, las perspectivas productivas de Turquía seguirán teniendo una fuerte influencia sobre los precios internacionales. La industria chocolatera mundial atraviesa un período de fuerte presión derivado del alto costo de sus insumos. Actualmente se observan menores volúmenes físicos de consumo, pese a mantenerse los montos de venta en términos económicos. Este escenario sugiere un período de estancamiento e incluso cierto debilitamiento en la demanda de materias primas. Por lo mismo, parece razonable proyectar un escenario de precios algo más ajustados para la próxima temporada, aunque no necesariamente una caída abrupta.
El tipo de cambio y la inflación continuarán siendo factores extremadamente relevantes para la rentabilidad de los productores chilenos, especialmente en un contexto global marcado por volatilidad financiera, tensiones geopolíticas y elevada incertidumbre económica. Hoy, incluso la disponibilidad de ciertos insumos estratégicos, como fertilizantes, ya no puede darse completamente por asegurada, mucho menos sus costos. Desde el punto de vista agronómico, probablemente uno de los principales desafíos hacia adelante será aprender a administrar mejor la volatilidad productiva y el fenómeno de alternancia o añerismo.
CONTEXTO ACTUAL DE CHILE
Al analizar las últimas temporadas, el comportamiento productivo chileno muestra una marcada oscilación interanual. En 2023 Chile produjo aproximadamente 63 mil toneladas. Para 2024 se proyectaban cerca de 82 mil toneladas, pero finalmente la producción cayó a alrededor de 56 mil. Luego, en 2025, las expectativas fluctuaban entre 80 y 100 mil toneladas y finalmente el país alcanzó aproximadamente 125 mil toneladas, favorecido por condiciones climáticas excepcionalmente positivas y por venir de una temporada de baja carga productiva. Para la cosecha que actualmente finaliza, resulta razonable proyectar una producción nacional nuevamente cercana a las 125 mil toneladas. Probablemente las nuevas plantaciones logren amortiguar parcialmente una caída productiva de huertos adultos que estuvieron más cargados durante la temporada anterior.
En otras palabras, el crecimiento de nuevas hectáreas estaría compensando parcialmente los efectos de alternancia de los huertos ya establecidos. Hacia la temporada 2026-2027 comienzan a visualizarse ciertos factores de riesgo relevantes, entre los que destacan una menor presencia de amentos en algunos huertos, proyecciones de un invierno más cálido y eventuales precipitaciones durante el período de polinización. Sin embargo, la entrada en producción de nuevas hectáreas, junto con mejores manejos agronómicos y el comportamiento fisiológico propio de la alternancia, año ON, debiesen permitir que Chile continúe aumentando su producción y eventualmente supere las 140 mil toneladas. Será necesario avanzar hacia herramientas agronómicas y manejos cada vez más sofisticados en nutrición y poda que permitan atenuar esta volatilidad estructural y estabilizar productividad y calidad. Esta productividad será absolutamente esencial para mantener competitividad hacia adelante.
Chile necesita sostener estructuras de costos eficientes y ordenadas, idealmente presionadas únicamente por inflación y no por ineficiencias operacionales o bajas productivas. En paralelo, el desarrollo varietal comenzará a jugar un rol cada vez más relevante. Giffoni continúa siendo ampliamente dominante en Chile, representando cerca del 70% de la producción nacional. Sin embargo, variedades como Yamhill probablemente aumentarán progresivamente su participación, especialmente en grandes superficies que se están desarrollando en el sur del país. Lo mismo podría ocurrir con variedades muy interesantes como Tonda Francescana, que posee atributos particularmente atractivos desde el punto de vista de productividad, comportamiento agronómico y cosecha temprana.
VENTAJAS Y DESAFÍOS
A pesar de todos los desafíos, el avellano europeo en Chile continúa mostrando fundamentos extremadamente sólidos y una proyección muy atractiva hacia adelante. El país posee ventajas estructurales relevantes: clima mediterráneo, contraestación respecto del hemisferio norte, buenos niveles fitosanitarios, disponibilidad tecnológica y productores cada vez más profesionalizados. Pero probablemente el principal activo competitivo de Chile hoy no es únicamente productivo. Es su posicionamiento internacional como un origen confiable, consistente y de alta calidad. Y justamente ahí radica el mayor desafío hacia adelante. El crecimiento acelerado de cualquier actividad productiva agrícola también trae riesgos importantes. Cuando un sector se expande rápidamente ingresan nuevos actores, aparecen distintos niveles técnicos y aumentan los riesgos fitosanitarios.
En ese contexto, el verdadero desafío de Chile será sostener su identidad y proteger aquello que hoy constituye su principal atributo diferenciador. La calidad fitosanitaria debe transformarse en un objetivo transversal para toda la cadena. No basta con que algunos productores hagan bien las cosas; el estándar debe ser colectivo. Los mercados internacionales terminan evaluando a los países como un todo y, por lo tanto, cualquier deterioro en la imagen sanitaria afecta transversalmente a todos los actores. Nuestra escala todavía es pequeña comparada con gigantes como Turquía. Pero precisamente por eso, la oportunidad estratégica de Chile no está en competir por volumen, sino en consolidarse como uno de los orígenes premium más confiables del hemisferio sur.
Estamos frente a una actividad que todavía posee un enorme potencial de crecimiento. Pero ese avance debe ir acompañado de responsabilidad, eficiencia y visión estratégica. El verdadero desafío del avellano chileno no es solamente producir más fruta. Es producirla con un crecimiento estable, sostener nuestra calidad, proteger nuestra identidad fitosanitaria y consolidar un posicionamiento internacional que hoy constituye probablemente el principal activo estratégico del sector frente al mundo.