Desalación para una agricultura sostenible en Chile
En la actualidad estamos experimentando los efectos del cambio climático en lo que respecta a la disponibilidad de agua. El fenómeno se está manifestando en una disminución de las precipitaciones, el incremento de las temperaturas (y de la evapotranspiración), la expansión del desierto y el avance de la erosión desde el norte hacia la zona central del país. Esta última área, tradicionalmente caracterizada por un clima mediterráneo, ha comenzado a evidenciar condiciones más cálidas y secas. Contexto en que, de acuerdo con un estudio de la Universidad de Chile, se proyecta una reducción de hasta un 50% en la acumulación de nieve en la Cordillera de los Andes, para finales del presente siglo.
La demanda hídrica, como contraparte, continúa en aumento. Aunque algunos sectores productivos han realizado esfuerzos por avanzar hacia un uso más sostenible del recurso. Un ejemplo es la minería, aunque representa solo el 4% del consumo total, ha migrado del uso de agua dulce al agua desalada, en tanto que el consumo humano urbano (11%) trata el 100% de sus aguas servidas antes de devolverlas a los ecosistemas. Sin embargo, estos avances aún resultan insuficientes.
La agricultura concentra el 73% del consumo de agua a nivel nacional y aunque, según datos de ODEPA, ha tecnificado cerca del 50% de su riego, aun sigue enfrentando importantes desafíos en términos de eficiencia y sostenibilidad.
Sin embargo, la escasez hídrica no se explica exclusivamente por el cambio climático. Según un estudio de Fundación Chile, el 44% de los problemas que enfrentan las comunidades y usuarios para acceder al agua se originan en una gestión pública y privada que no ha logrado adaptarse a las nuevas exigencias. En este contexto, el uso y la gestión eficiente del recurso hídrico emergen como las soluciones más efectivas y rentables para enfrentar la escasez y avanzar hacia la sostenibilidad.
EL REAL POTENCIAL DE LA DESALACIÓN EN AGRICULTURA

No basta con construir desaladoras, embalses u otras obras de infraestructura, sean grises o verdes, si no se garantiza una adecuada gestión y uso del agua. Por ello, no existe una solución única, mágica o bala de plata: se requiere un conjunto de acciones colaborativas entre los usuarios y la autoridad para alcanzar la sostenibilidad hídrica.
Respecto de la agricultura, la desalación puede ser una alternativa válida en ciertos contextos, a pesar de sus elevados costos de inversión y operación, y de los impactos que puede generar en el medio marino.
Estos costos aumentan en función de la distancia y la altitud entre el punto de captación del agua salada -ej. el mar- y el lugar de uso del agua desalada. No obstante, esta tecnología contribuye significativamente a alcanzar la tan anhelada seguridad hídrica, aunque su aplicación resulta más pertinente en sectores específicos y zonas con escasez permanente de agua. Por esta razón, la mayor parte de la capacidad desaladora en Chile se concentra en el norte del país, donde las precipitaciones son extremadamente bajas y la demanda constante, en una situación comparable a la de regiones áridas de Medio Oriente, España, Australia o Israel.
Un eventual riesgo de implementar plantas desaladoras desde la Región de Atacama hacia el sur es su posible uso intermitente. En años lluviosos, suele prescindirse del agua desalada debido a su mayor costo, optando por fuentes superficiales o subterráneas de menor costo de uso. Esto podría relegar a las plantas a cumplir un rol de respaldo, lo que incrementa los costos de operación.
Un ejemplo es la ciudad de Antofagasta, que depende completamente del agua desalada para el consumo humano, pero no cuenta con subsidios estatales en la tarifa. En contraste, Copiapó —que también se abastece de agua desalada— recibe subsidio estatal (inversión), y en años pluviométricamente favorables, su planta desalada queda como reserva. Esta situación probablemente se repetirá desde la Región de Coquimbo hacia el sur, a pesar de que algunas empresas regionales presentan deficiencias operacionales, como niveles de agua no registrada cercanos al 30% del total producido.
LIMITANTES DE LA DESALACIÓN PARA USO AGRÍCOLA
La agricultura es el sector que -históricamente- más utiliza en el país (73%), principalmente con fines de riego. Sin embargo, según el último censo agrícola, se observa una caída entre el año 2007 y el año 2021 del 29% en la superficie silvoagropecuaria. Al desagregar las cifras según uso del suelo, se observa una caída del 11% en la superficie de cereales, del 33% en leguminosas y tubérculos del 24% en cultivos industriales y del 38% en hortalizas. Sin embargo, aun cuando ha disminuido la superficie cultivada, se aprecia un importante incremento de las exportaciones frutícolas en la última década, lo que indica que se ha intensificado la producción de cultivos de alto valor agregado. Aun así, se mantienen las barreras estructurales que dificultan la incorporación de la desalación en este sector.
Las barreras más relevantes son: primero, la agricultura no cuenta con una medición precisa del consumo de agua a nivel de usuarios y no paga tarifa por metro cúbico consumido, ya que opera en función de la propiedad de derechos de aprovechamiento de aguas. Este modelo de gratuidad del agua para riego fue concebido en un contexto de abundancia hídrica (1981). Sin embargo, cuando el recurso se vuelve escaso y su consumo no tiene valor monetario, no existen incentivos económicos para ahorrar ni buscar eficiencia. La tendencia es usarla intensivamente para aumentar la producción, arrendar la fuente o vender los metros cúbicos ahorrados (en el caso de agua embalsada como en el Sistema Paloma, en Limarí).


Figura 2: Interior de desaladora a gran escala.

Segundo, la demanda de agua en la agricultura es generalmente estacional, siguiendo los ciclos del cultivo producido. Esto complica la operación continua de una planta desaladora, obligando a considerar que se necesitará de la existencia de un cliente “ancla” cuyo consumo sostenga una demanda permanente. De ahí que lo más viable es que las plantas sean multiuso, capaces de abastecer simultáneamente a la agricultura, la mine-ría u otros sectores, aprovechando las economías de escala.
Tercero, mientras no se logre una eficiencia total o al menos parcial, y se mantenga la gratuidad en el uso del agua para riego, no será viable -salvo subsidios estatales o excepciones puntuales- que el sector agrícola acceda a un recurso que resulta de alto costo cuando proviene de agua desalada, debido al alto riesgo de desalar agua y no hacerla productiva. No da lo mismo, en cuanto a demanda, el tipo de riego que se utiliza. Por ejemplo, una planta desaladora para una zona que utiliza riego superficial (surcos) no tendrá el mismo costo de inversión, operación, impacto ambiental y resiliencia que una orientada al riego por goteo, dadas las diferencias en eficiencia que se representan en el siguiente cuadro.
También es fundamental comprender que, en algunos casos, la eficiencia hídrica no necesariamente implica sostenibilidad. Cuando se mejora el sistema de riego -por ejemplo, del surco al goteo-, suele ocurrir un “efecto rebote”: el agricultor intensifica la producción y termina aumentando el consumo total de agua. Asimismo, la tecnificación en la agricultura mediana o pequeña debe ir acompañada de capacitación, monitoreo técnico y políticas de apoyo para su implementación y mantenimiento. De lo contrario, frente al primer problema operacional, existe una tendencia a retornar al riego tradicional por surcos.
Lograr la eficiencia hídrica -no solo en el agro- exige al menos de dos instrumentos: uno es la necesidad de contar con políticas públicas estables y de largo plazo, con una visión compartida entre los distintos actores, para evitar que se modifiquen cada vez que haya cambio de gobierno o cuando existan conflictos relacionados con el agua. El segundo instrumento es la tecnificación o digitalización de los procesos hídricos. Sin tecnología, no superaremos la falta de agua. La única manera de obtener información oportuna, veraz y pública, que permita una toma de decisiones adecuada, es basándose en datos técnicos, científicos y reales. Con tecnología, no podemos seguir haciendo lo mismo; el entorno climático, económico, social y ambiental ha cambiado considerablemente en las últimas décadas y nuestra única opción es adaptarnos.
Finalmente, en la medida en que la situación hídrica del país continúe su degradación, debemos dejar de mirar exclusivamente hacia la Cordillera de los Andes, nuestra fuente histórica de agua, y comenzar a considerar el mar, las cuencas vecinas o la carretera hídrica como una alternativa real de abastecimiento para el futuro. Sin embargo, para avanzar en cualquiera de estas direcciones, es indispensable, como se ha dicho anteriormente, mejorar de manera urgente la eficiencia en el uso y gestión del agua. De lo contrario, estaremos poniendo en riesgo la sostenibilidad de nuestras fuentes hídricas y el futuro del país.