Engranaje perfecto

Hace 24 años, el ingeniero mecánico Alejandro Becerra fue uno de los pioneros en la producción de cerezos. Partió con 4 hectáreas en Teno y desde entonces supo armar un equipo con sus hijos y una sólida estructura de su confianza. Con la calidad como emblema, producen, procesan y exportan a China.
Julio 8, 2024

De voz tranquila y pausada, pareciera que la calma que transmite al hablar refleja el modo en que ha hecho las cosas hasta hoy, para perfilarse como unos de los productores más importantes de cerezas de la región del Maule. Un trabajo con constancia, que partió hace 24 años y cuya clave ha sido el compromiso con su propio equipo.

Raúl Alejandro Becerra Hernandez (65) es de profesión y fue gerente general de Neptuno S.A., empresa dedicada a la fabricación de maquinaria para la industria vitivinícola, pero que luego de un tiempo plantó sus primeras cuatro hectáreas de cereza en el sector de Esmeralda, Teno. Al cabo de once años, en 2009, decidieron instalar su propia planta de proceso, heredando el nombre de su otrora compañía, Neptuno. Motivados por la posibilidad de extender su negocio a la segunda generación familiar, Becerra funda en 2013 Exportadora El Cisne, junto a sus hijos Alejandro Javier y Camila Ximena, y el apoyo incondicional de su mujer, Ximena de la Fuente.

Acá la historia de un hombre que hizo de su profesión un vínculo indisoluble con el agro y que, según algunos asesores del sector de cerezos en Chile, la clave de su éxito y crecimiento se resume en un lema: hacer las cosas bien. Y además, ha sabido transmitir esa capacidad al trabajo que realiza con su equipo.

De los vinos a los cerezos

Oriundo de Lautaro, en la Región de la Araucanía, Alejandro Becerra comenzó su trayectoria laboral creando una empresa dedicada a proveer servicios industriales al mundo del vino. Desde la región Metropolitana le tocaba viajar mucho a terreno: “Mi clientela eran las bodegas de vino, toda la industria vitivinícola chilena. Nuestra especialidad era la recepción de la vendimia, mejorar los patios de recepción de vendimia. Trabajamos con las más importantes y grandes, como Concha y Toro, entre otros”, comienza diciendo Becerra.

“Pasó que Concha y Toro arrendó una bodega en San Francisco de Mostazal, y el gerente de ingeniería de la viña, en ese entonces, Carlos Saavedra Echeverría, me pidió que fuera a visitar esta bodega y a ver si podíamos hacer algún upgrade, algunos adelantos tecnológicos de la bodega para darle mayor eficiencia y capacidad de procesamiento. Estaban con tecnología un poco antigua y, en esta zona de San Francisco, ellos tenían un poder comprador de uva bastante grande por lo que necesitaban procesar más cantidad. Bueno, yo fui a esa bodega, me contacté con los dueños, que era la familia Garcés, y les preparé un proyecto. Después lo ejecuté, recepcionaron y la bodega quedó en bastante mejor condición tecnológica después de nuestra intervención”, recuerda Alejandro.

Así fue cómo conoció a Hernán Garcés Echeverría, la persona que desarrolló e impulsó el negocio de la cereza chilena en Asia. “Él me pidió ayuda en algunos temas industriales para el tema de las cerezas, que estaba desarrollando; estamos hablando del año 96,97. En esos años no existía la tecnología para seleccionar cerezas como la que existe hoy en día, entonces había que armar estas máquinas con elementos que existían en ese entonces en el mercado, como vaciadores, enfriadores, sistemas de distribución, calibración, entre otros. No estábamos ni cerca de lo que tenemos hoy en tecnología”, añade Becerra.

Describe a Garcés como un hombre inteligente, visionario y creativo. Y gracias a los trabajos realizados en conjunto, se formó una amistad que fue la responsable de que el dueño del Grupo Esmeralda se aventurara con las cerezas: “él me metió el bichito de las cerezas en la cabeza. Yo tenía desde hace un tiempo interés en tener un negocio agrícola. Y, como mi mundo estaba en las bodegas de vino, le comenté que tenía ganas de comprar un campo para poner una viña, a lo que él me respondió que la cosa no iba por ahí, que debería meterme en el mundo de las cerezas”, recapitula.

Un camino de evolución

Así fue que comenzó comprando un campo en Teno, en el año 2000, donde actualmente está la planta procesadora. “Escogimos este lugar porque unas de las cosas que me dijo Hernán era que las cerezas necesitaban frío. El riego no era tema en esos años y los suelos siempre se podían arreglar, rectificar su tema nutricional, pero el frío era algo fundamental. Como yo viajaba mucho hacia la región del Maule siempre me llamaba la atención una zona que era muy fría, que se notaba por la niebla y por las lluvias. Y con los reportes climatológicos que teníamos, me pareció que era la zona apropiada”, indica Becerra.

Compró una parcela de diez hectáreas y ahí, en el año 2000, partió con la primera plantación. “Todo esto era un desarrollo de prueba y error, era mucho aprender haciendo, en el fondo. Hoy día tenemos mucha tecnología al alcance de la mano, porque el negocio ha sido muy exitoso. Demás está hablar de lo que significa la cereza hoy día en la industria agrícola, pero en esos años era una novedad”, recuerda.

Partieron con variedades distintas a las que tienen hoy. En ese momento la variedad Bing era la reina indiscutida, por su mejor vida post cosecha, pero también era la más veleidosa para producirse. “Mantuve muchos años la Bing porque es una muy buena variedad, les gusta mucho a los chinos, pero hoy en día es un mercado exigente que pide variedad y condiciones organolépticas que antes ni siquiera nos preocupaban”.

En ese entonces, añade, los chinos como consumidores recibían lo que les enviaban con la tecnología que había.

Con viajes de hasta 40 días en barco y con un periodo de cosecha a consumo de más de 45 días, para que la cereza llegara en buenas condiciones tenía que ser una fruta muy resistente. “Cambió mucho todo. Hoy día estamos hablando de viajes más cortos, 22 a 23 días, y de Cosecha a consumo en 25 días”.

Primeras plantaciones a hoy

Si bien desde el 2000 al 2010, Alejandro Becerra se dedicó a producir cerezos, en paralelo mantuvo su actividad industrial. “Un huerto tarda en entrar en producción. Tenía un equipo agrícola con un jefe de campo y con algunos colaboradores estables, que se encargaban de mantener las plantaciones. Además, contaba con la asesoría del equipo de Francisco Garcés, ellos me brindaron el apoyo técnico. Dentro de los asesores estaba Óscar Aliaga, que era el que se preocupaba de darnos las directrices de cómo producir”, recuerda.

En el año 2010, luego de una alianza con una empresa francesa que le aportó recursos, pero le impedía seguir con su marca, decidió instalar una planta de embalaje que ofrecía sus servicios a SFG, la exportadora de Hernán Garcés. “Hice un stop a la actividad industrial en el vino, y con ese mismo nombre de mi anterior empresa, Neptuno, instalé el packing. La planta la construí yo mismo, con mi equipo y con la ayuda de especialistas en las distintas disciplinas que se necesitaban para la construcción, pero el proyecto y la dirección de la construcción, del diseño, la lideré yo mismo”.

Recuerda que comenzaron prestando servicios a SFG, embalando su propia fruta y trayendo fruta de productores del barrio. Luego comenzó a dar servicio de embalaje a otras empresas, una cosa llevó a la otra y así fue que decidieron convertirse también en exportadora. “Mi hijo Alejandro había estudiado Ingeniería Comercial y comenzó a acompañarme en algunos temas fuera del país. Empezamos a viajar y ver que también podíamos hacer algo. Y así partió la idea de desarrollar más nuestro negocio”.

En paralelo, su hija Camila, Ingeniera Agrónoma, también se incorporó a la empresa, para hacerse cargo de la planta. No solo habían dado el paso de la industria del vino a la producción de cerezas, sino que además ahora compartían un rasgo habitual del sector agrícola: eran una empresa familiar.

El tema del manejo agrícola, cuenta, lo ha monitoreado directamente con asesores y su equipo, y es que es uno de los temas que más le apasiona, junto a los fierros. “Me divido en estas actividades que me motivan mucho. La actividad agrícola primero, segundo la actividad industrial. Con el packing también hemos ido creciendo, lo que comenzamos en el 2010 no tiene nada que ver con lo que tenemos hoy, que es tres o cuatro veces más grande. Hemos ido avanzando con la tecnología también”, añade.

Actualmente, Grupo Esmeralda posee alrededor de 150 hectáreas productivas, donde se trabajan la mayoría de las variedades de cerezas. Las clásicas, que vienen desde hace tiempo, como Santina, Lapins, Regina y Kordia. Pero también hay variedades nuevas y tempranas, como la Pacific Red y Areko. En cuanto a números, proyectan enviar alrededor de 250 contenedores por temporada, es decir, entre 800.000 y 1.000.000 de cajas de 5 kg equivalentes. En los campos, cuentan con una dotación estable de 80 personas, en tres unidades agrícolas, que en tiempos de cosecha alcanzan 300 a 400 personas más.

“En temas comerciales llegamos a tener una amplia paleta de clientes para incluir en nuestro programa, pero hoy día hemos cerrado filas con un solo cliente en China, sellando una alianza estratégica de largo plazo con ellos”, agrega Becerra.

Estructura de confianza

Para Alejandro una de las claves de su exitosa trayectoria con las cerezas ha sido que toda la labor realizada en los campos se hace con un equipo propio, no con contratistas ni gente externa. “Eso ha significado desarrollar las habilidades del equipo e incluirlos también en el uso de tecnologías. Por ejemplo, hoy todas las podas se hacen con herramientas eléctricas ya prácticamente no se usan escaleras. Estamos transformando todos nuestros huertos a peatonales, bajando la altura de los árboles, cambiando completamente el estándar productivo. Y eso requiere también mejorar el estándar de manejo de los huertos, que se logra con gente que trabaja en ellos todos los días. El equipo ya está especializado, aprende las labores del campo y ese modelo nos ha resultado bastante bien, porque de otra forma no hay fidelización de la gente con la empresa, con el equipo y con el proyecto en el fondo. En cambio, acá nosotros nos hemos preocupado de tener gente que siente propio este proyecto agrícola”, dice con orgullo.

Un ejemplo de aquello es Luis Cádiz, quien hace dos años es administrador de los campos, pero que comenzó hace varios años como un trabajador más: “Yo soy técnico agrícola y muchos años trabajé en construcción, pero yo soy agricultor nacido y criado, entonces me fui a la parte frutícola. Llegué trabajando como tractorero del jefe, y entonces fueron pasando administradores generales, gerentes agrícolas, agrónomos, y en realidad nos dimos cuenta al pasar los años de que lo principal es la disciplina; a veces a uno le faltan muchas cosas por saber, pero si uno es perseverante y tiene ganas, la cosa funciona”.

Luis cuenta que además de ser una persona que da oportunidades, ve a Alejandro Becerra como un visionario al tener su propio packing y la exportadora y explica los alcances de la decisión. “Eso significa que la preocupación por la calidad va desde la plantación, cosecha, procesamiento y envío. Entonces hay que estar metido en toda la cadena para que sepas en qué condición llega la fruta”, indica Cadiz.

Según dice, en la confianza del trabajo bien hecho está la clave para obtener una cereza de calidad. “Yo puedo saber mucho, pero yo no estoy a cada rato, en cada aplicador, en cada podador, en cada regador. Es una confianza que uno tiene que impartir”.

Dentro de los cambios que ha liderado Luis, uno fundamental fue unir todos los campos en una sola estructura. “Si se trabaja en el campo San Sebastián, va todo el personal y allá se distribuye: unos podan, otros ranean, otros aplican. Uno de los objetivos de unirlos fue que todos supieran en qué estábamos”, dice el administrador.

Tecnología aplicada y eficiente

Una de las máximas de Alejandro es la mejora de la eficiencia más que el incremento del volumen. “Nosotros ya nos fijamos una altura de vuelo y sabemos cuál es nuestro programa. Y ahí nos vamos a mantener, no más que eso. A pesar de que hoy día este negocio hace brillar los ojos a muchos, hay que saber que también las condiciones climáticas han cambiado, que tenemos que prepararnos para mitigar todos los efectos del cambio climático. Antiguamente contábamos con abundante agua para el riego, con un buen frío en invierno, primavera cálida para que los huertos se expresen y hoy día hay que acompañar con desarrollos tecnológicos todo eso que ya no está tan disponible”, añade.

Si algo tienen claro en Grupo Esmeralda es que la clave del éxito es sacar el mayor potencial de todo el equipo con el que trabajan. “Las tecnologías se compran, pero después todo esto se maneja con gente. Si tú no logras un equipo estable, permanente, que esté tranquilo, que no esté pensando que va a terminar la temporada y todos para la casa, no logras un desarrollo profesional. Cuando la gente sabe que es parte del proyecto se logran más cosas. Lo otro importante es identificar quiénes son los que tienen mayores habilidades o aptitudes para ciertas cosas y desarrollarlos en ese sentido”, dice Alejandro.

Para el futuro, el dueño de Grupo Esmeralda espera transmitir a sus hijos esta forma de hacer las cosas “para que al momento en que yo tenga que retirarme, saber que esto sigue con el mismo sentido y mejorando, porque la forma de hacer que yo he utilizado hasta ahora, quizás no es tan aplicable con los nuevos tiempos. Pero esta nueva generación tiene que saber convivir y adaptarse a las nuevas necesidades de la gente. Y saber también encausarlo, hacia dónde van, encantarlos con el proyecto. Eso no tan solo significa tenerles una renta, significa saber que lo que hacen tiene un valor por sí, que se den cuenta del valor de su trabajo”, afirma.