Entre la sostenibilidad y la rentabilidad
En los últimos años la tendencia hacia la búsqueda de productos que aporten a la vida útil de los suelos ha ido en constante desarrollo, lo cual se ha acelerado por las inclemencias del cambio climático y la búsqueda por potenciar los terrenos fértiles, lo que derivó en una nueva perspectiva que nació con la sencilla visión de que efectivamente la tierra cuenta con su propia biodiversidad, el denominado “suelo vivo”.
En huertos convencionales, este concepto ya es una realidad que se aplica hace algunos años como parte del proceso productivo y en la búsqueda de una mayor calidad de la fruta. Esto comenzó desde que el suelo fue considerado un ente vivo, ya que además de tener propiedades físicas y químicas, tiene una diversidad biológica muy relevante, especialmente en la rizósfera, que es considerado uno de los ecosistemas más grandes y diversos del planeta.”
A partir de la necesidad de adaptación al cambio climático, el mayor desarrollo de tecnología analítica y mejor comprensión de las interacciones de la planta con los microorganismos, se han realizado diversas investigaciones del microbioma del suelo, las cuales han arrojado resultados muy interesantes en términos de aumento de productividad y calidad, lo que, sin duda, ha marcado el camino hacia una agricultura más sostenible y rentable a la vez, dos conceptos que, hasta ahora, no se habían considerado como complementarios.
La sostenibilidad se basa en cubrir las necesidades de hoy, sin comprometer a las generaciones futuras. Para lograrlo, se implementan prácticas principalmente sobre tres pilares: el medioambiente, el crecimiento económico y el desarrollo social. Establecer el concepto de suelo vivo y potenciar su cuidado con productos biológicos repercute positivamente en todas esas líneas de acción.
Los efectos negativos de la degradación de los suelos, producto del manejo agronómico intensivo, hacen que el manejo de la rizósfera sea imperativo. Esto se vio, por ejemplo, en la muerte de las plantaciones de kiwi en Italia por el desgaste del recurso y la degradación del microbioma producto de más de 2.500 años de intensos cultivos, lo que puede ser una realidad en nuestro país, si no nos preocupamos ahora.
La rizósfera se extiende entre 1 y 3 mm desde la superficie de las raíces hacia el interior del suelo y es donde la planta interactúa con los microorganismos. Se mantienen asociaciones efectivas, lo que reporta beneficios para las plantas, mejora la fertilidad del suelo y favorece la degradación de sustancias químicas nocivas.
En Chile, actualmente, existen factores de riesgo tales como la megasequía, que genera un avance en la desertificación; la contaminación con Cu (relaves) de los suelos; la concentración de monocultivos con uso excesivo de fertilizantes y agroquímicos, y el exceso de labranza que provoca compactación. Estos factores degradan no solo las capacidades fisicoquímicas de los suelos, sino también su contenido y riqueza microbiológica.
Es fundamental potenciar el uso de productos de bioestimulantes o biológicos, ya que favorecen la flora microbiana rizosférica, lo que contribuye a una actividad microbiana más eficiente en el reciclaje de nutrientes, de agua y de sustancias estimuladoras del crecimiento vegetal, lo que, sin duda, contribuye a un ambiente apropiado para el desarrollo de los cultivos.
La rizósfera y su contribución productiva
Desarrollar nuevas formas de estimular y promover la interacción benéfica microorganismo – planta ha despertado un enorme interés de la industria por aprovechar su enorme potencial para disminuir el impacto negativo sobre el medio ambiente y acercarse a una agricultura más regenerativa y sostenible.
Cada año salen al mercado más insumos biológicos desarrollados en todo el mundo, que actúan de formas muy diversas para lograr objetivos específicos como la reducción del uso de fertilizantes sintéticos, pesticidas y reguladores de crecimiento, entre otros, pero cuidando los resultados en términos productivos.
Este es un tremendo cambio de paradigma y abre la oportunidad de entrar en una nueva forma de entender los sistemas productivos en fruticultura. Aunque los desafíos que quedan para aprovechar el potencial de la rizósfera son mayores, podemos decir que recién vemos la punta del iceberg.
Cada planta libera exudados radicales, que influyen directamente en la cantidad y diversidad de microorganismos presentes en el suelo, siendo esta una especie de “flora intestinal” de las plantas, que depende del tipo de exudados que genera cada especie, pero que también varía de acuerdo a otros factores como la edad, condición nutricional y estrés, entre otros.
De esta manera, por ejemplo, un huerto de kiwi en Santa Cruz tendrá una composición rizosférica de microorganismos distinta a la de una plantación de cerezos en Linares, dadas las distintas condiciones genéticas y edafoclimáticas que afectan los tipos de exudados radicales que se pueden generar en cada sistema.

Los exudados radicales son muy diversos. Pueden ir desde azúcares simples hasta elementos más complejos como enzimas, vitaminas y ácidos orgánicos. Son los principales moduladores del tipo de microorganismos y su tamaño poblacional, lo que genera una serie de interacciones e interdependencias que la planta utiliza a su beneficio, como la absorción de agua y nutrientes, la provisión de fitohormonas, factores de crecimiento y la capacidad de defensa contra patógenos
Estimulantes de rizósfera como mejoradores de suelo en huertos de cerezos

En el caso de micorrizas, se ha documentado el beneficio de la eficiencia de la raíz para la toma de agua y nutrientes, lo que supone una mejor tolerancia al estrés hídrico.
En un estudio hecho por el Centro de Innovación Montefrutal (CIM) en la temporada 23-24 en un huerto de cerezos de variedad Regina en la zona de Curicó, se combinaron hongos formadores de micorrizas con bioactivadores de suelo, mediante la incorporación de ácidos fúlvicos y otros compuestos estimulantes de la raíz y microoganismos de suelo. Se demostró que este tipo de manejo tiene un impacto muy importante sobre el desarrollo de raíces, durante la misma temporada en comparación a un testigo absoluto (cuadro 1). Así, se logró más del doble de peso seco de raíz al final de la temporada.

Esto se reflejó de manera muy marcada en la productividad del huerto, que tuvo un aumento significativo (cuadro 2), sin afectar el calibre, con relación al testigo (cuadro 3).
Luego, durante la postcosecha, se logró establecer que el sector tratado con micorrizas y bioactivadores de la rizósfera tuvo plantas con un potencial hídrico de xilema menos negativo en relación al testigo (Cuadro 4), estando por sobre el umbral en el que se determina un estrés hídrico, mientras que el testigo estuvo en un valor más negativo que el umbral, lo que indica una condición de estrés. Esto muestra que durante el período de diferenciación foliar, las plantas estuvieron más cómodas, lo que tiene un impacto directo sobre la calidad de la formación de yemas florales para la próxima temporada y, por ende, un mayor potencial productivo y de calidad de fruta.
Otro efecto muy relevante que se midió en este estudio, fue el impacto sobre las propiedades físicas del suelo, como son la densidad aparente, la retención de humedad y la porosidad (Cuadro 5). Esto implica que la estimulación de la rizósfera en frutales no sólo tiene un impacto sobre los microorganismos y la planta, sino que además es capaz de mejorar las características fundamentales del suelo, que tradicionalmente se manejan mediante tratamientos físicos (subsolado) o químicos (enmiendas cálcicas).
Se abre una nueva dimensión en el uso de estos productos y posibilita que el concepto de suelo vivo no sólo mejore la biología, sino el conjunto de propiedades del suelo ,generando así un círculo virtuoso entre un manejo respetuoso del medio ambiente y un negocio rentable, que se sostenga en el tiempo y brinde trabajo y estabilidad a la comunidad o región productiva.

Impacto sobre raíces y productividad
Otra experiencia destacable en cerezos, sobre el uso de estimulantes de la rizósfera y su impacto sobre el suelo vivo y la productividad, se pudo observar en un ensayo llevado a cabo por el CIM en la zona de Sagrada Familia, Curicó, en un huerto de la variedad Lapins, que durante dos temporadas tuvo la incorporación vía riego de un activador de rizósfera y raíces compuesto de aminoácidos, y compuestos orgánicos metabolizables por microorganismos rizosféricos.
Durante el primer año se obtuvo un mayor crecimiento vegetativo, dado que el vigor del huerto donde se probó era medio a bajo, lo que implica recuperar madera en huertos estresados. Esto se midió mediante vuelos con dron con sensores NDVI, lo que es bastante útil para medir el vigor en un huerto y su comparación con sectores tratados (Cuadro 6). También se comparó con mediciones en terreno de porcentaje de fracción de cobertura del follaje, lo que también dio una tendencia similar.

El crecimiento de raíces también tuvo un incremento significativo en sectores donde se mantuvo la rizósfera estimulada, lo que se midió a través de jaulas de raíces, que almacenaron el desarrollo de estas durante toda la temporada. El análisis hecho en mayo, muestra que dentro de las jaulas el peso acumulado fue mayor en relación al testigo, sin afectar la materia seca. (Cuadro 7).
La actividad microbiológica tuvo un aumeno significativo, expresado en el aumento de la tasa respiratoria del suelo y el nivel de biomasa (Cuadro 8), lo que implicó una mejora en la calidad de suelo a nivel de fertilidad y aptitud frutícola (Cuadro 9). Esto se traduce en una reducción de la necesidad de aportes de fertilización química vía riego en el tiempo, lo que demuestra la capacidad del suelo vivo para regenerarse y ser capaz de entregar a la planta una mejor nutrición, lo que se traduce en un manejo nutricional más eficiente y sostenible.

Finalmente, todo esto se resume en un incremento del rendimiento por planta y la carga por centro frutal (CF) y por planta (Cuadro 10), que si bien no fue estadísticamente significativo, sí marca una tendencia a favor del tratamiento que es importante, sin afectar tampoco la calidad de la fruta. (Cuadro 11)
Mirada al futuro
Esto es algo que está recién partiendo y su importancia se irá descubriendo con la práctica. Por eso el planteamiento es que los agricultores no tienen que ver esto como un imperativo o una obligación, sino como una necesidad y una oportunidad para mejorar los huertos y tener un negocio sostenible, sin la necesidad de volverse orgánico o tener que sacrificar producción o calidad de fruta.
Desde el punto de vista agronómico, según nuestra experiencia, se ha demostrado que la integración de productos de origen natural genera plantas más saludables y una producción de fruta en mayor cantidad y/o calidad.



La sostenibilidad se vuelve un punto central en la búsqueda progresiva hacia la disminución de uso de agroquímicos como fungicidas, insecticidas y fertilizantes, dada la necesidad de adaptarse al cambio climático, de reducir la huella de carbono y de ser más amigable con el medio ambiente, pero a la vez cumplir con las exigencias de un mercado hiperconectado, sofisticado y demandante de alimentos saludables, sin perder de vista los potenciales productivos y de calidad de fruta, que son los que dan sustento a la rentabilidad del huerto.