Entrevista: Renato Ripa Schaul

Un científico que aprendió a mirar el campo a pequeña escala para pensar los grandes desafíos de la agricultura chilena.
Agosto 28, 2026

Renato Ripa Schaul pasó buena parte de su vida mirando aquello que otros apenas ven: insectos diminutos, equilibrios invisibles, relaciones silenciosas entre plagas, plantas, enemigos naturales y polinizadores. Ingeniero agrónomo, doctor en Entomología e investigador emérito de INIA La Cruz, fue protagonista de una etapa clave para el desarrollo del control biológico en Chile. Pero detrás del especialista que introdujo enemigos naturales, diseñó estrategias fitosanitarias y acompañó a la fruticultura exportadora, aparece también un paciente observador de la naturaleza, fotógrafo de flores nativas y defensor de una agricultura capaz de producir sin perder de vista la biodiversidad.

Vocación y primeros pasos

—¿Recuerda cuándo comenzó su interés por los insectos? ¿Qué tenía ese mundo que le resultaba tan atractivo?

—Creo que todo nació porque siempre tuve una inclinación muy fuerte hacia la biología. Mi padre desempeñó un papel importante en ese interés. Desde que éramos muy pequeños, le gustaba llevarnos a mi hermana y a mí, a caminar por bosques, cerros y áreas silvestres. Incluso cuando estaba cerca de cumplir 80 años seguíamos saliendo juntos a lugares donde prácticamente no había gente.

Él era químico y amaba profundamente la naturaleza. Durante esas caminatas nos mostraba los distintos árboles, los pájaros y también los insectos. Recogíamos callampas, por ejemplo: mi padre sabía reconocer las especies que se podían comer. Después preparábamos con ellas una buena comida. Era una manera muy directa y entretenida de relacionarnos con lo que ofrecía la naturaleza.

De muy chico me llamaron especialmente la atención los insectos. Me parecía fascinante observar cómo una larva se transformaba progresivamente hasta convertirse en una mariposa. Era posible mantenerla dentro de una pequeña caja, alimentarla con las hojas de la planta en la que uno la había encontrado y acompañar todo ese proceso. La maravilla consistía en tener algo vivo, relativamente fácil de mantener, que cambiaba ante los propios ojos y finalmente se convertía en una bella mariposa.

A medida que avancé en el colegio, también tuve la suerte de encontrarme con muy buenos profesores de biología. Recuerdo especialmente a tres docentes que estimularon ese interés y ayudaron a que pudiera desarrollar mis capacidades de observación.

—¿Por qué eligió la Agronomía y, dentro de ella, la Entomología?

—Tuve el privilegio de acceder a una beca para estudiar Agronomía en Centroamérica, en la Escuela Agrícola Panamericana, en Honduras. Era una beca muy completa: cubría los cuadernos, los libros, la ropa y la alimentación. Prácticamente uno solo tenía que llevar sus efectos personales.

Estuve allí durante tres años y fue una experiencia muy interesante. En aquella época, durante los años 60, el sistema de enseñanza era sumamente práctico. Por las mañanas trabajábamos como obreros agrícolas. Teníamos que eliminar malezas, plantar, atender a los animales o participar en distintas labores productivas.

Pasábamos por la lechería, la crianza de cerdos y gallinas, la elaboración de quesos, helados y cecinas. Cuando nos correspondía trabajar con las vacas, a veces debíamos levantarnos a las cuatro de la mañana para recibirlas en la lechería. Se aprendía agricultura haciendo las cosas con las propias manos y con bastante transpiración, porque estábamos en un clima tropical. Después del mediodía comenzaban las clases y teníamos como profesores a las mismas personas que durante la mañana habían trabajado con nosotros en el campo, en la lechería o en las instalaciones de producción. Era una enseñanza muy amplia, exigente y, sobre todo, práctica.

Al finalizar esos tres años regresé a Chile y continué estudiando hasta recibirme de ingeniero agrónomo en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Mi tesis estuvo vinculada con insectos de granos almacenados. Los resultados fueron interesantes, dieron origen a publicaciones y permitieron ampliar el conocimiento disponible sobre esas especies. Después de terminar la tesis fui contratado por el Instituto de Investigaciones Agropecuarias. Allí pude seguir trabajando en lo que realmente me atraía: la entomología.

Creo que una de las cosas más importantes en la vida es encontrar una afición, algo que a uno verdaderamente le interese, pero que también pueda convertirse en un campo de trabajo. Yo tuve la gran suerte de que mi fascinación por los insectos pudiera desarrollarse dentro de la Agronomía.

Los insectos cumplen funciones muy diferentes en los sistemas agrícolas. Algunos son plagas y provocan daños, mientras que otros son benéficos. Si uno comienza a comprender cómo se producen esas interacciones, puede buscar maneras de maximizar los efectos positivos y minimizar los negativos. Y, sobre todo, puede hacerlo de forma inteligente.

—¿Cómo fue pasar de Chile a Londres para realizar un doctorado en Entomología?

—Después de trabajar alrededor de cuatro años en INIA, postulé a una beca del British Council. Obtuve la beca, el Instituto me autorizó a viajar y pude ingresar a la Universidad de Londres para realizar el doctorado.

El British Council organizó muy bien todo el proceso y facilitó las conexiones necesarias. Fue una experiencia extraordinariamente interesante porque las clases estaban a cargo de grandes personalidades de la entomología. ¡Muchos de los profesores eran autores de libros que yo había estudiado! Yo estaba acostumbrado a ver sus nombres en las publicaciones y, de pronto, encontraba delante de mí a las personas que habían escrito esos textos. Eran personas comunes y corrientes, por supuesto, pero para mí era una suerte enorme poder conocerlas y aprender directamente de ellas.

También fue un período muy exigente. Debía finalizar el doctorado en dos años y medio porque no disponía de más tiempo. Hubo que trabajar muchísimo para cumplir con ese plazo, pero tuve la fortuna de poder mantenerme siempre dentro de la entomología.


La vida entre insectos, plantas y productores

—¿Qué ve un entomólogo en un huerto que otras personas posiblemente no perciben?

—Un entomólogo aprende a reconocer una enorme cantidad de relaciones. En un huerto no solamente observa los insectos que provocan daños. También ve aquellos que polinizan, los que controlan a otras especies y las interacciones que se producen entre todos ellos.

Durante muchos años fue necesario explicar por qué los insectos benéficos tenían un papel fundamental dentro de la agricultura. Existía una tendencia a pensar principalmente en los insectos como organismos dañinos y a asociar el control de plagas casi exclusivamente con la aplicación de productos.

Sin embargo, en un huerto hay insectos que polinizan y otros que controlan especies perjudiciales. Cuando uno comprende esas funciones, puede buscar una agricultura más armónica con la naturaleza.

Abeja nativa Acamptopoeum submetallicum en flor de Senecio adenotrichus.

Hoy esa mirada está mucho más presente. Las certificaciones exigen trabajar de manera compatible con el ambiente y reducir al mínimo los impactos negativos. La sustentabilidad se ha convertido en una condición importante para la producción de alimentos. En ese sentido, ideas que antes era necesario defender y explicar, hoy forman parte de las exigencias de los mercados y de las estrategias de manejo.

Volviendo a la pregunta, la polinización, por ejemplo, es realizada mayoritariamente por insectos. La abeja melífera es muy importante, pero existen muchas otras especies que también participan. Cuando uno comienza a investigar y a comprender mejor esos procesos, puede buscar formas de favorecer su presencia y lograr que aporten más a la polinización.

Otro grupo fundamental es el de los insectos que controlan a otros insectos. Allí se encuentra la base del control biológico. Esos enemigos naturales contribuyen a disminuir el impacto negativo de las plagas y están presentes en los sistemas productivos, aunque su acción puede verse reducida por la aplicación de determinados plaguicidas. Por eso es necesario encontrar una buena combinación entre las diferentes herramientas de manejo. Se debe procurar que el control biológico pueda expresarse de la mejor manera posible y que la ecología participe activamente dentro del sistema de producción de alimentos.

El trabajo de un entomólogo también consiste en reconocer y cuantificar. No basta con saber que existe una plaga: hay que determinar cuántos individuos hay, en qué momento aparecen, qué estado de desarrollo presentan y cuándo corresponde intervenir.

Algunos insectos pasan parte de su ciclo debajo del suelo y no se observan a simple vista. Por eso es necesario enseñar a examinarlos. Hay que mostrar cómo es una larva, cuáles son sus características y cómo se diferencia de otras especies que pueden encontrarse en el mismo lugar. En ocasiones hay tres o cuatro tipos de larvas dentro del suelo y es fundamental saber cuál de ellas dará origen a determinado insecto adulto. Esa capacidad de distinguir resulta especialmente importante cuando se trata de especies cuarentenarias. Es necesario detectarlas oportunamente, identificarlas y cuantificarlas.

—Después de tantos años de trabajo, ¿hubo alguna plaga con la que haya mantenido una relación particularmente desafiante?

—Trabajé durante varios años con Naupactus xanthographus, conocido comúnmente como burrito de la vid. Dediqué alrededor de cuatro o cinco años a estudiar su biología, es decir, a comprender cómo funcionaba el insecto y cómo se desarrollaba su ciclo.

Burrito de la vid (Naupactus xanthographus) hembra.
Distintas etapas de desarrollo de larvas de Naupactus xanthographus.

A partir de ese trabajo publiqué un pequeño libro que reunía los resultados de los distintos ensayos realizados sobre biología, control químico y control biológico. De toda esa investigación surgió también un nuevo sistema  de control basado en una barrera que se colocaba alrededor del tronco de las plantas. La solución apareció de manera bastante casual.

En un comienzo estábamos buscando un método que nos permitiera medir el número de insectos y determinar el período en el que emergían desde el suelo. Los capturábamos dentro de una botella instalada alrededor del tronco. El problema era que, una vez que entraban, necesitábamos inmovilizarlos o eliminarlos para poder cuantificarlos.

Comenzamos a probar diferentes fórmulas en el laboratorio y, después de algunos intentos, encontramos una que resultaba muy eficaz. Al día siguiente regresamos con el técnico para revisar el ensayo y comprobamos que todos los insectos habían muerto. En ese momento, casi simultáneamente, ambos pensamos que aquello podía convertirse en un método de control. Corrimos al laboratorio, preparamos nuevas mezclas y regresamos al campo, que se encontraba a aproximadamente una hora y media de distancia. Ese mismo día instalamos el sistema en las vides. Cuando volvimos a la jornada siguiente, encontramos una gran cantidad de insectos muertos en el suelo.

El burrito de la vid provocaba un problema tan serio en la uva de mesa que rápidamente comenzó a circular la noticia de que habíamos encontrado un método para controlarlo. Los productores llegaban al parronal para preguntarnos con qué habíamos eliminado los insectos. La formulación fue transferida a una empresa de agroquímicos, que la produjo durante muchos años y entregó a INIA una pequeña participación sobre las ventas. El sistema todavía se utiliza, aunque se comercialice con otro nombre. En esencia, la tecnología continúa siendo la misma.

Fue un buen ejemplo de articulación público-privada y también de algo que ocurre con frecuencia en la investigación: muchas soluciones aparecen mientras uno está tratando de resolver otro problema. La casualidad interviene, pero es necesario estar atento para reconocer el valor de lo que se está observando.

—¿Qué le enseñaron los insectos después de tantos años de observación?

—Que una plaga no puede analizarse de manera aislada. Hay que conocer su ciclo, los lugares donde se desarrolla, sus hospederos y su relación con otras especies. También enseñan que pequeñas diferencias pueden cambiar completamente un resultado. Modificar la fecha de una aplicación, acortar el intervalo entre dos tratamientos o reconocer una planta que está funcionando como hospedero puede generar un efecto muy importante.

En ocasiones, no se necesita una transformación radical, sino una observación precisa y una pequeña corrección en el manejo. Pero para hacerla hay que conocer muy bien el sistema.


Trayectoria y decisiones

—Trabajó durante 39 años en INIA La Cruz. ¿Qué significó esa institución en su vida profesional?

—INIA me permitió trabajar durante prácticamente cuatro décadas en aquello que más me interesaba. Allí pude investigar, desarrollar sistemas de manejo y transferir conocimiento a agricultores y técnicos. Una parte muy importante de nuestro trabajo consistía en mostrar qué especies estaban presentes, cómo reconocerlas y de qué manera cuantificarlas. El agricultor necesita saber cuándo una población justifica una aplicación de plaguicidas, cuándo puede recurrir a un enemigo natural y qué alternativas tiene para intervenir.

La investigación no termina cuando se obtiene un resultado. También es necesario traducirlo, explicarlo y entregarlo de una forma tal que pueda ser aplicada en el campo. Por eso desarrollábamos publicaciones, presentaciones y cursos de monitoreo. Las imágenes desempeñaron un papel fundamental en ese proceso. Había que mostrar cómo era el insecto adulto, el huevo, la larva y la pupa; dónde se encontraba cada estado y cómo evolucionaba. Esa información permitía que el productor pudiera reconocer lo que estaba ocurriendo en su propio huerto.

—¿Hubo algún momento en que sintió que una línea de trabajo podía cambiar realmente la manera de producir?

—Cuando una investigación logra transformarse en una herramienta que el agricultor puede utilizar, se produce un cambio importante. Ocurrió con el sistema desarrollado para el burrito de la vid, pero también sucede en muchas situaciones aparentemente más simples. Por ejemplo, uno puede visitar un campo y comprobar que se realizan dos aplicaciones separadas por tres meses. A partir del conocimiento del ciclo de la plaga, puede sugerir que ese intervalo se reduzca a un mes. Esa modificación, que parece pequeña, puede representar una diferencia enorme.

Lo mismo ocurre cuando se recomienda cambiar un producto, incorporar control biológico o identificar qué otra planta presente en el predio está actuando como hospedera. Ese tipo de información es tremendamente valiosa para la industria agrícola porque mejora los resultados y, muchas veces, permite reducir los costos. La ciencia aporta cuando consigue llegar a la producción y resolver problemas concretos.

—Después de una trayectoria tan extensa en la investigación pública, ¿cómo fue el paso hacia BIOCEA?

—Fue una transición bastante natural. Varias de las personas que hoy trabajamos en BIOCEA habíamos pasado por INIA. Cuando uno lleva muchos años desarrollando una actividad, acumula un repertorio de experiencias que sigue siendo útil. Mientras la salud acompañe, es posible continuar trabajando, aunque a un ritmo diferente.

Junto con Pilar Larral creamos esta instancia y ya llevamos cerca de 17 años trabajando aquí en Quillota. Actualmente contamos con nuestros propios laboratorios y con una parcela de unos 5000 m2 donde desarrollamos las distintas actividades.

Lo más valioso es seguir interactuando con los productores y entregarles conocimiento. Hace poco, por ejemplo, estuvimos en Illapel colaborando en el control de una plaga en paltos. Es muy grato conversar con las personas, analizar los problemas y transmitir experiencias que pueden ayudarlas.

Muchas veces la solución se encuentra en pequeñas modificaciones de lo que ya están haciendo. Poder explicarlas y comprobar que contribuyen a mejorar el manejo resulta muy satisfactorio. BIOCEA permitió prolongar esa relación con el campo, con los agricultores y con los problemas concretos de la producción.


El control biológico como mirada del mundo

—¿Qué le enseñó el control biológico sobre la paciencia y los tiempos de la naturaleza?

—El control biológico está siempre presente. En un sistema agrícola existen insectos que atacan a otros insectos y contribuyen a disminuir las poblaciones de plagas. El problema es que su efecto puede verse reducido por el uso de determinados plaguicidas.

Por eso no se trata simplemente de liberar un enemigo natural y esperar un resultado inmediato. Hay que comprender el sistema completo, seleccionar correctamente las herramientas y buscar la mejor combinación posible.

El objetivo es que el control biológico pueda expresarse y que no sea destruido por decisiones de manejo incompatibles con su funcionamiento. Eso exige observación, conocimiento y paciencia.

También requiere aceptar que la naturaleza tiene sus propios ritmos. Los procesos biológicos no siempre responden con la velocidad que uno quisiera. Es necesario evaluar, cuantificar y hacer un seguimiento antes de tomar nuevas decisiones.

—¿Cómo se convence a productores y técnicos de que una estrategia basada en enemigos naturales puede ser eficaz?

—Hay que mostrarla. Para enseñar entomología, las imágenes son fundamentales.

La diversidad de insectos es enorme. Hay que mostrar los que provocan daños, pero también aquellos que cumplen funciones benéficas, como la polinización o el control biológico.

Una cosa es hablar de un enemigo natural y otra muy distinta es mostrar en un video cómo una pequeña avispa parasitoide deposita un huevo dentro de otro insecto. Cuando la gente observa esa interacción, comprende inmediatamente lo que está ocurriendo.

Las imágenes también entregan credibilidad. Demuestran que aquello que uno está explicando efectivamente sucede en la naturaleza.

Muchos insectos son extremadamente pequeños. Los trips y algunas arañitas, por ejemplo, pueden medir menos de un milímetro. La mayoría de las personas prácticamente no los conocen. Pero cuando uno amplía su imagen y los muestra en detalle, quedan registrados en la retina y luego resulta mucho más fácil reconocerlos sobre una hoja en el campo.

Por eso pusimos tanto énfasis en la fotografía, los videos y el material visual. Facilitan la comprensión, enriquecen las publicaciones y las presentaciones y permiten que los cursos de monitoreo sean mucho más entretenidos y efectivos.


La dimensión humana de la profesión

—¿Cómo se transmite la pasión por un tema tan específico como los insectos?

—Cuando uno trabaja en aquello que le gusta, casi deja de sentirlo como un trabajo. Pero primero hay que identificar qué es lo que realmente lo atrae a uno. Después no basta con decir que un tema nos interesa. Hay que ponerle el alma y el corazón. Eso significa dedicarle más horas, estudiar, tratar de comprender mejor lo que se está haciendo y demostrar a las personas que nos rodean qué podemos aportar.

Sucede en la agronomía, en la medicina, en la ingeniería, en la contabilidad y en cualquier profesión. Uno tiene que mostrar que aquello le apasiona y que está dispuesto a hacerlo incluso mejor de lo que se esperaba. Esa actitud genera una diferencia enorme.

—¿Qué cualidades debería tener un buen entomólogo?

—La observación es fundamental. Se necesita paciencia, porque muchas investigaciones requieren tiempo. Pero además hay que disfrutar lo que se hace. En BIOCEA establecí una sola norma para quienes trabajan aquí: pasarlo bien.

Cuando una persona lo pasa bien en su trabajo, trabaja feliz, aporta mucho más y vuelve a su casa con una sonrisa. También puede explicarles a su familia y, especialmente, a sus hijos qué está haciendo. Eso genera un ambiente mucho mejor. Al día siguiente regresa al trabajo con la misma disposición y contribuye a construir una relación más agradable con sus compañeros. El ambiente laboral es importante: si una persona trabaja permanentemente contra la empresa o se queja todo el tiempo de sus jefes, significa que existe algo fundamentalmente equivocado.

Las leyes son un complemento, pero un buen ambiente de trabajo tiene que generarse, especialmente, desde la cabeza de una organización hacia abajo.

—¿Qué le resulta más gratificante de su profesión?

—El contacto con las personas y la posibilidad de entregarles conocimiento. Es muy grato llegar a un campo, conversar con los productores y comprobar que una experiencia acumulada durante años puede ayudarlos a resolver un problema.

A veces basta con explicar por qué una aplicación debería realizarse en otro momento, por qué es necesario cambiar un producto o cómo puede incorporarse una herramienta de control biológico. Cuando esa recomendación mejora el resultado y reduce los costos, uno comprueba que el conocimiento tiene un efecto concreto.


Fotografía, flora nativa y sensibilidad naturalista

—Además de los insectos, la fotografía ocupa un lugar importante en su trayectoria. ¿Cómo nació esa pasión?

—La fotografía surgió muy ligada a la entomología. La variedad de insectos es enorme y, para enseñar, uno necesita mostrar. No solamente hay que fotografiar el insecto adulto. También es necesario registrar el huevo, la larva, la pupa, sus transformaciones y los lugares en los que se encuentra cada estado. Además, existen interacciones que solo se observan a través de un estereoscopio. El desafío era encontrar una manera de registrarlas y mostrarlas.

Cuando se trabajaba con cámaras de rollo, todo era mucho más difícil. Había que esperar el revelado y no siempre se sabía si la imagen había resultado. La tecnología digital cambió completamente esas posibilidades. Ahora se puede registrar una escena con un clic, siempre que se cuente con las herramientas adecuadas. Eso facilitó enormemente las publicaciones, las charlas y los cursos. Un video que muestra una interacción entre insectos resulta mucho más amigable y comprensible que una explicación puramente verbal.

Con el tiempo fui utilizando cámaras Nikon, Canon, Panasonic, Fuji y Olympus, entre otras. Finalmente me quedé con Sony. Son equipos relativamente pequeños, con buenos lentes, y me han dado muy buenos resultados.

—¿La fotografía le permitió mirar la naturaleza de otra manera?

—La fotografía obliga a observar con mayor detalle. Uno tiene que prestar atención a las formas, las estructuras, los colores y los cambios que se producen en organismos muy pequeños.

También permite compartir aquello que normalmente pasa inadvertido. Un insecto de menos de un milímetro puede parecer insignificante a simple vista, pero al ampliarlo revela una estructura extraordinariamente compleja. La cámara se convierte así en una herramienta científica y también educativa. Permite registrar, comparar y enseñar.

Mi relación con la naturaleza, de todos modos, comenzó mucho antes, durante las caminatas con mi padre. Esa costumbre de recorrer los cerros, reconocer árboles, observar aves y buscar especies fue quedando en mí. La fotografía fue una manera de prolongar esa mirada. Los insectos, las plantas y los paisajes forman parte de un mismo sistema; no se pueden comprender de manera completamente separada.

Flor Sphaeralcea obtusiloba con abeja nativa Megachile semirufa.

Mirada sobre Chile, el agro y el futuro

—Después de tantos años trabajando en sanidad vegetal, ¿qué lo sigue sorprendiendo del campo chileno?

—Chile posee oportunidades extraordinarias. Tenemos una gran variedad de climas y ambientes aptos para numerosas especies de frutas y hortalizas. Es de esperar que el régimen de lluvias pueda regularizarse, aunque sabemos que actualmente representa una dificultad y una preocupación. Aun así, la diversidad climática del país ofrece condiciones para explorar nuevas especies y variedades.

Los investigadores pueden ayudar en esa búsqueda, como ocurrió en su momento con el arándano, el kiwi, la cereza y otros cultivos. Probablemente existan muchas otras especies que podríamos domesticar o introducir, estudiar y probar en nuestras condiciones. INIA y las universidades han traído y evaluado numerosas especies a lo largo del tiempo. Todavía existen muchas opciones por explorar.

—¿Cree que la agricultura chilena ha aprendido a mirar mejor la naturaleza?

—Existe una preocupación creciente por producir de manera armónica con la naturaleza y causar el menor perjuicio posible. Las certificaciones y los mercados también están exigiendo ese enfoque. Se comprende cada vez más que los insectos no son solamente plagas. Algunos cumplen funciones indispensables, como se indicó anteriormente: polinización, control de otras especies, así como la descomposición.

La agricultura sustentable requiere considerar esas relaciones y evitar que las herramientas utilizadas para resolver un problema terminen destruyendo otros componentes valiosos del sistema. Todavía queda mucho por hacer, pero la ecología ocupa hoy un lugar más importante dentro de la producción de alimentos.

—¿Cuáles son los principales riesgos que observa para la sanidad agrícola de Chile?

—Una de las grandes ventajas de Chile ha sido su condición sanitaria. Existen plagas muy serias que todavía están ausentes del país. Sin embargo, con el paso del tiempo esa ventaja se vuelve cada vez más difícil de preservar.

Han ingresado algunas especies importantes, como Lobesia botrana y Drosophila suzukii. Es prácticamente imposible impedir completamente la llegada de nuevas plagas, pero es fundamental detectarlas en sus primeras etapas. Por eso el Ministerio de Agricultura debe entregar al Servicio Agrícola y Ganadero todos los recursos y herramientas necesarias para fortalecer la vigilancia.  la detección temprana y eventualmente la erradicación de plagas.

Hembra de la mosca de alas manchadas Drosophila suzukii en frambuesa.
Larva de Drosophila suzukii en frambuesa muy madura.

Por otra parte, la mosca de la fruta constituye una preocupación enorme. Si llegara a establecerse en Chile, el escenario cambiaría de manera diametral. No solamente por el impacto directo sobre los cultivos, sino también por las consecuencias para las exportaciones y por el aumento de los costos de producción.

El SAG realiza una labor muy importante, pero es necesario reforzar la prevención y controlar con gran rigurosidad el ingreso de fruta desde otros países. Las moscas pueden viajar dentro de frutas transportadas por personas que desconocen el daño que pueden provocar.

La información dirigida a la población debería ser mucho más intensa. El problema tendría que explicarse en televisión, radio, medios digitales y en los puntos de ingreso al país, a través de campañas visuales muy claras. Todos los chilenos deberían conocer las consecuencias que puede tener ingresar material vegetal al país. El efecto en cadena sería brutal: más aplicaciones de insecticidas, mayores residuos y costos, dificultades cuarentenarias y complicaciones para las exportaciones.

—¿Cómo imagina la fitosanidad del futuro?

—La imagino basada en una combinación mucho más precisa de herramientas. Será necesario monitorear, cuantificar y decidir con información. El control biológico tendrá que expresarse plenamente y convivir con productos que no destruyan innecesariamente a los organismos benéficos. La polinización, la biodiversidad y la sanidad no deberían analizarse como temas separados.

También será indispensable fortalecer la vigilancia cuarentenaria. En un mundo con una circulación creciente de personas y mercaderías, el riesgo de introducción de plagas es cada vez mayor. La tecnología ayudará a detectar, fotografiar, registrar y comunicar. Pero seguirá siendo fundamental la capacidad de observar el campo y reconocer lo que está sucediendo.

—¿Qué deberían aprender las nuevas generaciones de agrónomos de la historia del control biológico en Chile?

—Mi formación en Honduras fue muy práctica: aprendíamos agricultura haciendo las tareas con nuestras propias manos. Esa experiencia fue fundamental. También deberían buscar aquello que realmente les gusta y profundizar en ese camino. La pasión, por sí sola, no es suficiente: hay que estudiar, dedicar tiempo, observar y estar dispuesto a aprender continuamente.

En el caso del control biológico, la principal enseñanza es que la naturaleza ya posee mecanismos de regulación. La tarea del agrónomo consiste muchas veces en comprenderlos, favorecerlos y evitar destruirlos.

Hay que producir alimentos, pero hacerlo de una manera inteligente, integrando la ecología, la ciencia y las necesidades del agricultor. Cuando esos tres elementos se encuentran, es posible generar soluciones que perduren.