La sostenibilidad en agricultura

“Parte de la brecha de género observada en la producción científica no se debe a diferencias en la contribución científica, sino a diferencias en la atribución de autoría"
Abril 5, 2024

La sostenibilidad en agricultura se asocia con tres ejes, que exigen que las prácticas de producción sean ambiental, social y económicamente apropiadas. Si los sistemas de producción destruyen los recursos naturales y el ambiente que los hacen funcionar, estos son ambientalmente insostenibles. Si las prácticas de producción no pueden sustentar comunidades de personas, son socialmente insostenibles.

Si los agricultores que adoptan estas prácticas de producción no pueden ganarse la vida, entonces son económicamente insostenibles. Las mujeres han sido por siglos esenciales para la explotación familiar y en general para la agricultura. Durante siglos, en muchas partes del mundo, asumieron un papel principal en la producción agrícola y fue durante el dominio colonial en que comenzaron a ser marginadas como tomadoras de decisiones en las granjas. Según un informe sobre género de la FAO, en los países de bajos ingresos, las mujeres representan el 48% del empleo agrícola. Además, asumen la responsabilidad del bienestar de los miembros de sus familias, incluido el suministro de alimentos y el cuidado de los niños y de los ancianos. A pesar del gran número de mujeres que trabajan en agricultura las herramientas y los equipos se diseñan y fabrican para hombres, la educación está más orientada y se centra más en la agricultura industrial y las redes agrícolas atienden principalmente las necesidades de los agricultores hombres. La estructura patriarcal de la agricultura no considera las diferencias de género al asumir que el agricultor es un hombre, lo que permite que los fabricantes produzcan implementos diseñados ergonómicamente para adaptarse al cuerpo masculino promedio. Además, muchas agencias gubernamentales excluyen a las mujeres en sus censos y las mujeres siguen estando subrepresentadas en las instituciones y en los mecanismos de gobernanza locales y tienden a tener menos poder en la toma de decisiones. Estas limitaciones, la discriminación y otros factores hacen que las mujeres enfrenten cargas excesivas de trabajo, y que gran parte de su trabajo siga sin ser remunerado ni reconocido.

Las mujeres rurales participan en varias actividades para garantizar la seguridad alimentaria de sus familias y para diversificar las fuentes de ingresos. Contribuyen a la agricultura familiar con su trabajo y conocimiento de las prácticas agrícolas y de la biodiversidad. Su trabajo fuera de la finca es a menudo poco cualificado y mal pagado, pero es fundamental. Las mujeres han demostrado la capacidad de incursionar en todos los ámbitos económicos y productivos, dejando como prueba de su capacidad, los resultados de su trabajo. Cumplen un rol clave en el desarrollo rural, ya que colaboran de forma significativa en la economía local, promueven la erradicación de la pobreza, enfrentan el cambio climático, aseguran la educación y la alimentación de sus familias y fortalecen el tejido social. Además, tienen capacidad de tomar decisiones en momentos de crisis, realizan multitareas, integran equipos de trabajo, fomentan los trabajos colaborativos e inclusivos.

Las mujeres son ejemplo de dedicación, fuerza, inteligencia y responsabilidad, lo que se refleja en su capacidad para superar las adversidades que se le impone esta sociedad desigual. Las mujeres rurales enfrentan mayores limitaciones que sus homólogos masculinos para acceder a recursos y servicios productivos esenciales, tecnologías, mercados, educación, información y activos financieros. Sin embargo, cuando tienen acceso a recursos, servicios y oportunidades económicas, se convierten en una fuerza impulsora para acabar con el hambre, la desnutrición y la pobreza rural y actúan como agentes de cambio y generadoras de resiliencia. En años recientes, muchas empezaron a tomar las riendas de los negocios agrícolas y se han convertido en propietarias. Los resultados de un estudio reciente concluyeron que las mejoras en el empoderamiento de las mujeres en la agricultura se asociaron con mayores niveles de productividad, eficiencia y cambio técnico.

En relación con la producción agrícola sostenible, las mujeres tienen más probabilidades que los hombres de practicar la gestión ambiental en su vida diaria. Sin embargo, la sociedad occidental ha construido un dualismo en el que se tiende a asociar a las mujeres con la naturaleza y a los hombres con la cultura y la civilización. Aunque debido a su situación social y familiar las mujeres tienden a estar más cerca de la naturaleza y a preocuparse por las cuestiones ambientales en comparación con sus homólogos masculinos, todos los humanos estamos conectados con el planeta Tierra y tenemos la obligación de cuidarlo.

Varias investigaciones han concluido que un alto porcentaje de mujeres agricultoras tienden a participar en la agricultura sostenible, agricultura urbana y marketing directo. Este último incluye la venta en mercados de agricultores, la organización de operaciones de agricultura apoyada por la comunidad y la gestión de puestos agrícolas. Esta forma de producción permite que los agricultores se conecten con su comunidad, además de proporcionarles alimentos frescos. Se ha encontrado que el interés por su comunidad les da a las mujeres un incentivo para conectarse con sus vecindarios y con las comunidades que las rodean; además desarrollan una relación emocional con la tierra que cultivan y con su trabajo. Esto hace que, en muchos casos, las mujeres dediquen esfuerzos al cuidado de la naturaleza y que realicen prácticas agrícolas más sostenibles que les permiten sentir que contribuyen a la salud del mundo y de sus comunidades y que desarrollen acciones para aumentar la conciencia de quienes las rodean. Sin embargo, este enfoque que enfatiza la ética del cuidado y de la valoración mutua, no es exclusivo de mujeres, ya que muchos hombres realizan sus labores dentro de este contexto.

No sólo las mujeres que trabajan en agricultura, como trabajadoras del campo enfrentan inequidades, ya que las asistentes técnicas e investigadoras científicas también padecen discriminación de género que ha sido documentada. Es por esto que el Objetivo de Desarrollo Sostenible 8 tiene como fin “promover el crecimiento económico sostenido, inclusivo y sostenible, el empleo pleno y productivo y el trabajo decente para todos”, y aborda las brechas de género en los ámbitos educativo y profesional como uno de sus imperativos.

Las mujeres científicas en general son inteligentes, disciplinadas, serias, seguras de sí mismas y con gran capacidad de liderazgo. Además, comparten su pasión por la tecnología y la innovación. Sin embargo, existe una brecha de género bien documentada de las mujeres en la investigación. Esto fue documentado en una publicación de la revista Nature en 2022, en la que se concluyó que en la mayoría de los casos analizados no se reconocen las contribuciones de las mujeres, quienes tienen significativamente menos probabilidades de ser nombradas en un determinado artículo o patente producida por su equipo, en comparación con sus pares masculinos. Aquí también se muestra que las mujeres tienen menos probabilidades de recibir crédito científico porque su trabajo a menudo no se conoce, no se aprecia o se ignora.

Al menos parte de la brecha de género observada en la producción científica no se debe a diferencias en la contribución científica, sino a diferencias en la atribución de autoría. La posibilidad de que las mujeres reciban menos reconocimiento por sus contribuciones científicas no es hipotética: un ejemplo es el de Rosalind Franklin, quien tras incorporarse al King’s College de Londres en 1951 como investigadora asociada, descubrió las propiedades clave del ADN, lo que finalmente facilitó la descripción correcta de la estructura de doble hélice. Esta contribución fue fundamental en el descubrimiento de la estructura del ADN, pero pasó desapercibida, y fue hasta abril de 2023, que científicos, basados en nuevas pruebas, concluyeron que ella contribuyó de la misma forma que sus compañeros Watson y Crick en el proceso de descubrimiento del ADN. Así, se demostró mucho después de su muerte que la comunidad científica le había negado injustamente la autoría del artículo original Watson y Crick, quienes fueron galardonados con el premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1962, por un artículo de solo una página publicado en 1953.

Otro ejemplo de científicas olvidadas es el de Esther Lederberg, microbióloga estadounidense, que realizó investigaciones consideradas como pioneras en el campo de la genética y su esposo, Joshua Lederberg, se basó en los trabajos de Esther para obtener el premio Nobel en 1958. Más recientemente, y tal vez en un intento por reivindicar el rol de las mujeres en la ciencia, en1983 Barbara McClintock, quien dedicó su vida al estudio del maíz, fue la primera y única mujer en ganar en solitario el Premio Nobel de Medicina por su descubrimiento de los “genes saltarines”, un hito científico que reveló que los genomas no son estáticos, sino que pueden automodificarse y reorganizarse. En 2020 se le concedió el Premio Nobel de Química a Jennifer Doudna y Emmanuelle Charpentier por descubrir una de las herramientas más ingeniosas de la tecnología genética: las tijeras genéticas CRISPR/Cas9.

En los casos mencionados, las diferencias de género en el trabajo de las mujeres en la agricultura y en la producción científica, sugieren que, aunque ellas son tan productivas como los hombres, su trabajo está infravalorado, frecuentemente se les concede menos reconocimiento que a los hombres y sistemáticamente tienen menos probabilidades de destacarse por la labor que desempeñan. Este desconocimiento sugiere una mezcla compleja de factores relacionados con el campo de trabajo, el rango, la cultura y el género. El nivel de trabajo necesario para lograr reconocimiento por la labor desarrollada por las mujeres puede variar según las preferencias personales, idiosincráticas y la relación de poder que tenga en su entorno. Por lo tanto, las mujeres históricamente marginadas a menudo deben esforzarse mucho más para que sus contribuciones sean reconocidas.

La sociedad tiene que ser consciente de la necesidad de llevar a las mujeres que se encuentran en situación de marginalidad y subordinación hasta una situación de autonomía y participación en los procesos de decisión colectivos que les permita desarrollar sus capacidades, mejorar su acceso a la educación y al empleo, para que tengan autonomía económica y fortalecimiento de su confianza y autoestima.