Lorena Basso: “La semilla es la gran protagonista de la agricultura que viene”
Hace apenas unos meses, la argentina Lorena Basso, titular de Basso Semillas, fue nombrada presidenta de la International Seed Federation (ISF), entidad fundada hace más de un siglo y que reúne a los principales actores de la industria semillera mundial. Su designación marcó, además, un hito institucional: se convirtió en la primera mujer en liderar la federación.
En diálogo con Mundoagro, Basso repasa su llegada a la conducción de la ISF, y luego la conversación aborda el corazón de la agenda global: la semilla como punto de partida de la seguridad alimentaria, la innovación como condición para producir más y mejor, la necesidad de regulaciones basadas en criterios técnicos, la importancia de proteger la propiedad intelectual vegetal y el rol que pueden jugar América Latina y países como Chile en el nuevo mapa mundial de producción y comercio de semillas.
Una latinoamericana al frente de la industria semillera global
Su llegada a la presidencia de la ISF, ¿era algo que imaginaba?
¿La verdad?, no. Participo en la ISF desde muy chica. Al principio asistía a los congresos de manera ocasional, acompañando a mi padre en las reuniones comerciales.
Con el tiempo, empecé a involucrarme más en los espacios de trabajo de la Federación, especialmente a partir de mi rol como presidente de la Asociación de Semilleros Argentinos (ASA), siendo miembro del directorio.
De a poco vi que tenía un lugar para hablar y que la mirada desde Latinoamérica podía sumar algo distinto: una visión más práctica, más cercana a la realidad de las empresas y de los productores, “en los papeles”, como suelo decir. A partir de ahí, el camino se fue dando naturalmente.

¿Esa experiencia práctica influyó en su forma de mirar la agenda global de la industria?
Sí, mucho. En Basso Semillas siempre estuve muy involucrada en el trabajo cotidiano de la empresa. Durante años gestioné temas fitosanitarios, comerciales, productivos y técnicos. Llevar adelante una pyme implica estar en muchos frentes al mismo tiempo: hay que hacer de todo.
Entonces, cuando en la ISF se habla de tratamiento de semillas, de comercio, de regulación o de acceso a mercados, no lo miro solo desde la teoría. Puedo entender cómo esas decisiones impactan en la operación real de una empresa y en la posibilidad concreta de que una semilla llegue al productor.
La semilla como generadora de respuestas
El lema del último congreso de la ISF fue “Seed is life”. ¿Por qué la semilla se volvió una pieza tan importante para pensar el futuro de la alimentación?
Porque la semilla es una generadora de respuestas. Cuando uno mira el escenario global, lo macro, ve que la población sigue creciendo y que las necesidades alimentarias y nutricionales también cambian. Hay una demanda creciente de alimentos y, al mismo tiempo, una presión cada vez mayor sobre los sistemas productivos.
Pero también hay una mirada más micro y concreta, más cercana al productor. El cambio climático está modificando las condiciones en las que se produce. Hay zonas donde antes se podía sembrar de determinada manera y hoy aparecen limitaciones nuevas. Surgen plagas o enfermedades que antes no estaban presentes o que no tenían la misma presión. Es el caso de la “chicharrita del maíz” (Dalbulus maidis)en la Argentina el año pasado. No la vimos venir y, bueno, te afecta. La única forma de dar respuesta es a través de la semilla.
Frente a esos desafíos, la semilla tiene un rol central. Permite mejorar rendimientos, sostener la producción y desarrollar materiales capaces de adaptarse a escenarios más difíciles.
¿En qué se expresa concretamente ese rol?
En muchos aspectos. El productor necesita producir más kilogramos o toneladas por hectárea, pero también necesita estabilidad. Si aparece una plaga o una enfermedad, hay que trabajar en resistencias. Si aumentan las temperaturas o cambian las condiciones de polinización, también hay que buscar respuestas desde el mejoramiento.
Lo mismo ocurre en cultivos hortícolas, donde trabajamos mucho. En zapallos, zucchinis u otras especies, si no se incorporan resistencias frente a determinados virus o enfermedades, directamente no se puede producir. Por eso estoy convencida de que la semilla es la gran protagonista: contiene innovación y permite responder a problemas muy concretos del campo.

Innovación, regulación y acceso: tres piezas del mismo sistema
Cuando se habla de innovación en semillas, aparecen también la regulación y el acceso. ¿Cómo se conectan esos temas?
Están absolutamente vinculados. Una semilla puede tener mucha innovación, pero para que esa innovación llegue al productor tiene que poder moverse entre países, aprobarse en los mercados correspondientes y cumplir con los requisitos regulatorios.
Si una tecnología no está aceptada en determinado país, se genera un problema de acceso. Y eso no solo afecta a la empresa que desarrolló esa semilla, sino también al productor que podría beneficiarse con un material de mejor desempeño.
Por eso las regulaciones son fundamentales. Deben existir, porque cuidan la sanidad y la calidad de los sistemas productivos. Pero tienen que estar basadas en criterios técnicos y científicos. El desafío es lograr un ecosistema eficiente, en el que la innovación pueda avanzar sin resignar seguridad.
¿Cuál es hoy el principal cuello de botella para que mejores semillas lleguen más rápido al productor?
Uno de los principales está en los procesos regulatorios, especialmente cuando se trata de tecnologías disruptivas. La aprobación de una nueva tecnología puede variar mucho entre países, y eso termina determinando si el productor accede o no a mejores materiales.
Otro punto clave es la propiedad intelectual. El nivel de protección que existe en un país influye directamente en la decisión de las compañías de introducir o no determinadas variedades. Cuando no hay un marco adecuado, se reduce el incentivo para invertir y para acercar innovación al mercado.

Propiedad intelectual: la inversión detrás de cada avance
¿Por qué sigue siendo tan importante proteger la propiedad intelectual vegetal?
Porque detrás de una semilla hay años de investigación, inversión, ensayos y trabajo técnico: una nueva variedad no aparece de un día para otro. Para lograr un material más productivo, más estable o con mejor comportamiento frente a una enfermedad, se necesita invertir de manera sostenida.
En nuestro caso, una parte muy importante de la facturación se destina a investigación. Cuando una empresa logra presentar un producto con un 10% más de productividad que el mejor material que tenía hasta ese momento, ese porcentaje representa muchísimo para el productor. Pero detrás de ese avance hay un esfuerzo económico y científico considerable.
La propiedad intelectual permite sostener esa rueda. El productor paga por una semilla que le aporta valor; ese retorno cubre los costos de producción y permite financiar nueva investigación. Cuanto mayores son los desafíos productivos, más necesaria es la innovación. Y, por lo tanto, más importante es que exista un sistema que la proteja.

¿Cree que la sociedad entiende el trabajo que hay detrás de una semilla?
No del todo. A muchas personas les cuesta dimensionar la tecnología que hay detrás de algo tan cotidiano como un zapallito redondo que se compra en una verdulería o en un mercado. Se imaginan que alguien sembró, cosechó y nada más. Pero detrás de esa semilla hay mejoramiento, selección, sanidad, calidad, trazabilidad y mucho trabajo acumulado.
También falta comprender el rol de la semilla en la mitigación de riesgos. Mover semillas de un país a otro exige controles, diagnósticos, protocolos y sistemas de confianza. Por eso los organismos regulatorios cumplen una función central. La clave es que esas exigencias estén bien orientadas: que regulen riesgos reales, basados en evidencia técnica, y no se transformen en barreras innecesarias.
Fitosanidad y confianza público-privada
En una industria tan globalizada, ¿qué lugar ocupan la fitosanidad y la confianza entre países?
Están en un lugar central. La semilla se mueve a través de fronteras y, por lo tanto, los países necesitan asegurarse de que ese movimiento no implique riesgos sanitarios. Los organismos públicos tienen la responsabilidad de verificar y certificar que una semilla cumple con los requisitos correspondientes: el rol de la regulación es muy importante.
Al mismo tiempo, la industria debe demostrar que trabaja con sistemas de calidad sólidos. Hoy se está avanzando hacia modelos en los que, además de analizar un lote o inspeccionar un campo, los organismos puedan reconocer y auditar los sistemas de calidad de las empresas. Eso exige construir confianza entre el sector público y el privado.
Esa confianza no se construye de un día para otro. Requiere transparencia, diálogo, apertura y responsabilidad de ambas partes. El sector privado debe mostrar que hace bien las cosas, y el Estado debe cumplir su rol de control con criterios técnicos, agilidad y previsibilidad.
¿Cómo ve a Chile en ese aspecto?
Chile funciona muy bien. Tiene una experiencia muy importante en producción de contraestación y sabe que los tiempos son la clave. En este negocio, una exigencia mal diseñada o un análisis que demora demasiado puede hacer que una semilla no llegue a destino en el momento adecuado.
Por eso es tan importante la articulación público-privada. No se trata de eliminar controles, sino de buscar alternativas técnicamente válidas que permitan cuidar la sanidad y, al mismo tiempo, no frenar el comercio. Chile conoce muy bien esa lógica y ha logrado construir un sistema profesionalizado.
En la ISF también se está trabajando mucho sobre estos temas. Hay espacios de articulación y pilotos vinculados a sistemas fitosanitarios y de calidad, donde Chile cumple un papel relevante. La mirada de cadena es fundamental: regulación, calidad, innovación, sanidad y comercio forman parte de un mismo ecosistema.
El lugar de Chile y del hemisferio sur
¿Dónde ve las mayores oportunidades para América Latina y el Cono Sur dentro de la industria semillera global?
Veo muchas oportunidades. El Cono Sur tiene varias fortalezas: es una región con estabilidad, sin grandes riesgos bélicos –no es un dato menor–, con capacidad técnica y experiencia creciente en regulaciones vinculadas a innovación.
La Argentina, Chile, Brasil y Uruguay tienen perfiles distintos, pero complementarios. Argentina ha desempeñado un rol importante en mejoramiento y en debates regulatorios sobre nuevas tecnologías. Brasil tiene una escala productiva enorme y un crecimiento impresionante. Chile, por su parte, encontró un lugar muy fuerte en la producción de contraestación y se ha profesionalizado muchísimo.
La región también tiene una responsabilidad mayor: somos productores de alimentos y tenemos que estar sentados en las mesas donde se discuten las reglas de calidad, sanidad, comercio e innovación. Si buena parte de la producción global de ciertos cultivos sale de América, la región debe participar activamente en esas conversaciones.
¿Qué lugar pueden ocupar países del hemisferio sur, como Chile, en el mapa global de producción y comercio de semillas?
Un lugar fundamental. En lo personal, admiro mucho a Chile. Me llama la atención la cantidad de empresas que tiene, especialmente compañías medianas con muy buenos estándares de calidad. Hay un ecosistema empresarial interesante, profesional y con gran capacidad de servicio.
Chile ofrece contratos de producción y servicios tecnológicos de alto nivel. Mi experiencia con empresas chilenas ha sido muy buena. Veo compañías serias, profesionales y con muchas ganas de hacer bien las cosas.
En especial, creo que Chile tiene un rol muy importante en semillas hortícolas. Si me preguntan dónde producir, no lo dudo. Hay pymes chilenas que trabajan con gran profesionalismo y estándares muy altos. Ese ecosistema es una fortaleza para el país.
No perder tiempo: cooperación para acelerar la innovación
En un mundo que necesita producir más alimentos con menos recursos y bajo mayor incertidumbre climática, ¿la semilla puede ser una llave estratégica para el futuro agrícola?
Sí, sin dudas. El cambio climático cambia las reglas del juego y nos obliga a innovar con rapidez. Si entendemos que la semilla tiene un rol tan importante, entonces debemos ser capaces de acompañar esa innovación con regulaciones adecuadas, investigación y cooperación internacional.
No podemos perder tiempo. Un año, en este contexto, es mucho. Si hay buenas prácticas que ya funcionan en un país, no tiene sentido empezar siempre desde cero. Hay que estudiarlas, adaptarlas y construir a partir de ellas.
Ese es uno de los roles de la ISF: generar espacios donde se sienten las distintas partes, públicas y privadas, para discutir, acordar y avanzar. La industria necesita una mirada de cadena. Una semilla puede tener mucha innovación, pero si no puede moverse, si no llega al productor o si no tiene oportunidad comercial, ese valor no se expresa.
Por eso, el futuro de la semilla no depende solo de la tecnología. También depende de la cooperación, de la regulación, de la confianza y de la capacidad de construir sistemas que permitan que la innovación llegue efectivamente al campo.
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