Nada es gratis
Sobran 30.000 hectáreas. Para los que estamos en el negocio del vino esta frase no nos resulta extraña. La hemos escuchado más de una vez en distintas reuniones, foros, degustaciones, almuerzos. Para los productores el panorama vitivinícola es adverso. Los bajos precios de la uva en las últimas temporadas, el aumento de los costos de […]
Los productores se ven enfrentados a la disyuntiva de cómo aumentar la rentabilidad de sus viñedos. Como no pueden controlar el “P” deben buscar formas de aumentar el “Q”. Como no controlan el “P” deben bajar los costos. Como las labores (mano de obra) son cada vez más caras, deben hacer menos cosas, lo justo. Como hacen menos cosas, baja la calidad de la fruta. Como baja la calidad de la fruta, les pagan menos; aunque no necesariamente les pagan más por fruta de mejor calidad.
Lamentablemente, la mayoría de los viñedos son poco productivos. Esta productividad está limitada por diversos factores. Variedad, clon, edad del viñedo, estado sanitario de las plantas (virus, hongos de la madera), sistema de conducción, ubicación geográfica, disponibilidad de agua son todos factores que influyen en la producción y, por ende, en la rentabilidad.
MALAS DECISIONES
La baja rentabilidad, dada por el alto costo de producción y el bajo precio pagado por la fruta, ha llevado a muchos productores a seguir el camino de la “mínima intervención” como forma de aumentar la rentabilidad. Pero en algunos casos se confunde “mínima intervención” con “mínimo esfuerzo”.
Si a todo esto le agregamos que durante los últimos años se ha visto una oferta mucho mayor a la demanda, con stocks históricos de vino a fin de año, los precios pagados por el kilo de uva han ido a la baja por lo que nos topamos con un panorama gris. Los productores se han visto obligados a aumentar la producción y bajar sus costos. En algunas ocasiones las decisiones que han tomado – ya sea por decisión propia, por recomendación o por copia de lo que hizo el vecino – han traído como resultado un aumento sólo transitorio de la producción y una aparente baja en la calidad.
Lo más común al momento de querer aumentar la producción es aumentar el número de yemas que se dejan en la poda, ya sea dejando más pitones o aumentando el largo o número de cargadores. El problema se presenta cuando el sistema de conducción o el marco de plantación del viñedo no permiten ese aumento de brotes creciendo en la temporada. De la misma forma, la mayoría de las veces dejar, por ejemplo, el doble de yemas no implica un aumento lineal en los kilos cosechados. Más aún, estos aumentos de producción no son sostenibles en el tiempo y generalmente bajan a la tercera o cuarta temporada.
En el caso de las espalderas podadas en pitones, el camino más común para aumentar el número de yemas es utilizar la llamada poda en seto, la cual se basa, con algunas variaciones, en usar una pre-podadora mecánica como única herramienta de poda. Los viñedos podados de esta forma tienden a envejecerse y los pitones a “subirse”, alejándose cada vez más del cordón y disminuyendo el espacio disponible para el crecimiento de los brotes (y por ende hojas) que son la fuente de los fotosintatos que permiten la madurez de la fruta.
LA BUSQUEDA DEL BALANCE
Asumamos que la vid tiene un presupuesto para la temporada donde los fotosintatos son los recursos, las necesidades son el crecimiento reproductivo (racimos, bayas, inducción), el crecimiento vegetativo (brotes, hojas, raíces) y la acumulación de reservas. El objetivo de todo viticultor debiera ser lograr una productividad sustentable, definida por Howell como “una metodología colectiva que logra la más altas producción de fruta madura por unidad de superficie sin reducción en el crecimiento vegetativo y que se logra anualmente a un costo que significa una ganancia neta”. Según Howell, estos niveles sustentables de alta producción de fruta de alta calidad sólo pueden ocurrir mediante la obtención de vides balanceadas.
Si bien el concepto de vides balanceadas ha sido recientemente criticado por el profesor Mark Matthews en su libro sobre el terroir y otros mitos, existen muchos índices de balance productivo. Por ejemplo, se dice que para vinos de calidad, la relación producción : peso de poda – conocido como Indice de Ravaz- debiera estar entre 5 y 8 (entre 5 y 8 kilos de fruta producida por cada kilo de madera de poda por planta o por metro).
Otro índice propone que deben haber entre 7 y 14 cm2 de área foliar por cada gramo de fruta a madurar, que el peso de los cargadores a la poda debiera ser de entre 40 y 50 gramos cada uno o que la relación Índice de Area Foliar sobre la producción debiera ser menor a 0,8 en vides que no están sobre cargadas.
Como en muchos ámbitos, un solo índice puede no ser indicativo del estado del viñedo. Tomemos el ejemplo de un niño que, para su edad, debiera pesar entre 15 y 16 kilos pero que pesa 16,5 kilos. ¿Está con sobrepeso? No necesariamente. Si es más alto que el promedio, lo más probable es que esté bien. De la misma forma, es común ver viñedos en los cuales alguno de estos índices está dentro de los rangos esperados y sin embargo no se encuentran balanceados.
SALIDA PARA UNA INDUSTRIA BIPOLAR
En Chile el segmento más afectado por la actual crisis es el orientado a los vinos “reserva”, los que en general producen entre 8 y 12 toneladas por hectárea, requieren mucha mano de obra y la mayoría de las veces ni siquiera pagan los costos. Es así como se habla de una industria bipolar, donde la única forma de ser rentable es producir muchos kilos que se pagan a un bajo precio (granel) o buscar un alto precio aunque produzca poco (Premium).
En California, a diferencia de lo que encontramos acá, hay muchos ejemplos de viñedos orientados a la producción de los vinos considerados “reserva”, con un precio de US$15 por botella en el supermercado, y producciones entre 15 y 20 toneladas por hectárea promedio que son manejados de manera de disminuir al mínimo el uso de mano de obra. Son viñedos en los que prácticamente todas las labores son mecanizadas (poda, desbrota de cordón, ajuste de carga, deshojes, cosecha).
Hasta ahora en nuestro país la experiencia con sistemas de mínima intervención ha estado orientada a la producción de uva para las líneas granel o varietales con resultados erráticos respecto a la calidad de las uvas producidas. Esto se debe en gran medida a la mala implementación de dichos sistemas. Uno de los casos más comunes es la reconversión de viñedos relativamente antiguos (20 – 25 años), planificados para la producción de vinos reserva y que por diversas razones (edad del viñedo, enfermedades de la madera, malos manejos de riego, selecciones poco productivas, nematodos, etc) no logran producir los kilos necesarios para ser rentables al precio pagado por sus uvas. En general son viñedos en espaldera, conducidos en cordón apitonado, con un marco de plantación entre 2 y 2,5 metros entre hilera.
El primer paso para esta reconversión hacia un sistema más productivo y de menor intervención es dejar más yemas por metro. Para eso, se dejan más pitones por metro y/o pitones de más yemas; se dejan cargadores en un “segundo piso” o amarrados al mismo cordón. En el caso de las plantas podadas en cargadores, se aumenta el número y/o largo de estos, se arma un segundo piso de cargadores, etc. Si bien el efecto inmediato sobre la producción es el esperado (aumentan los kilos cosechados) en el mediano plazo el aumento en producción tiende a disminuir, no es lineal con respecto al aumento de yemas y, a menos que vaya acompañado de un programa de riego y fertilización acorde, debilita aún más las plantas.
En ocasiones, cuando el vigor de las plantas lo permite, se aumenta en forma considerable el número de yemas, generalmente haciendo sólo una prepoda del cordón que no se ajusta posteriormente a un número definido de brotes por metro. Si el viñedo se sigue manejando como una espaldera, se provoca una gran congestión de brotes y racimos, lo que invariablemente disminuye la calidad de la fruta producida.
Una salida a este problema es eliminar los alambres que afirman la espaldera en forma vertical dejando que los brotes crezcan y luego caigan hacia la entrehilera. Esto complica las labores en el viñedo (el tractor no puede trabajar con facilidad) al entrecruzarse los brotes de hileras continuas. Entonces, la solución es chapodar los brotes que crecen hacia la entrehilera de manera de formar un seto que permita el movimiento del tractor. Esto en teoría hace sentido. El problema es que este seto es muy ineficiente en la captación de luz y la capacidad fotosintética del viñedo no es suficiente para madurar la gran cantidad de racimos que están creciendo.
La solución no es simple, eso está claro y la decisión de arrancar y partir de nuevo no es fácil. Más aún cuando el uso de clones o variedades más productivas con sistemas de conducción apropiados, con manejos nutricionales y de riego acorde a las necesidades y con una mayor mecanización implica que cualquier hectárea que se replante por su baja producción producirá ahora dos, tres o cuatro veces lo que producía la antigua.
El problema es estructural y la solución requiere coordinación entre todos los actores de la industria.
Por: Samuel Barros, Ingeniero Agrónomo y Enólogo.
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