Pudriciones radiculares del trigo en Chile

Silenciosas y difíciles de detectar, las pudriciones radiculares pueden comprometer el rendimiento del trigo mucho antes de que aparezcan síntomas visibles.
Septiembre 2, 2026

Por: Carola Vera P. Ingeniera Agrónoma, Mg. Sc. Investigadora y fitopatóloga, INIA Quilamapu

Gran parte del manejo sanitario del trigo se concentra en enfermedades foliares, como royas y septoriosis. Sin embargo, las pudriciones radiculares se desarrollan silenciosamente bajo el suelo desde las primeras etapas del cultivo, comprometiendo el sistema radical y el potencial productivo mucho antes de que aparezcan los síntomas. 

Cuando se observan plantas amarillentas, de menor desarrollo o con espigas blancas, gran parte del daño ya está hecho. La dificultad para detectar tempranamente las pudriciones radiculares y las escasas alternativas de control una vez iniciada la infección las convierten en uno de los principales desafíos sanitarios del trigo en Chile. 

Entre las enfermedades más relevantes se encuentran el mal del pie (foto 1), causado por Gaeumannomyces graminis var. tritici, y la mancha ocular aguda (foto 2), causada por Rhizoctonia cerealis. Aunque son provocadas por patógenos distintos, ambas afectan la base del tallo y el sistema radical, reducen la absorción de agua y nutrientes y comprometen el rendimiento y la calidad del grano. Su manejo requiere integrar distintas estrategias para reducir la presión de inóculo, favorecer un sistema radical sano y limitar las condiciones predisponentes a la infección. El desafío no consiste en enfrentar ambas enfermedades por separado, sino en abordarlas mediante un enfoque preventivo e integrado.

Durante muchos años, el mal del pie fue considerado la principal enfermedad radicular del trigo en Chile. Sin embargo, diagnósticos realizados por el INIA en predios comerciales de las regiones de Ñuble, Biobío y La Araucanía evidenciaron una presencia creciente de la mancha ocular aguda, favorecida por la permanencia de rastrojos, la reducción de la labranza, las variaciones climáticas y las modificaciones en las rotaciones. Dadas las limitadas alternativas de manejo, la ausencia de variedades resistentes, la escasez de fungicidas preventivos y la falta de tecnologías biológicas validadas, resulta fundamental implementar estrategias integradas y sustentables.

Etapa de ensayos experimentales

Los resultados descritos en la figura 1 corresponden a tres temporadas de ensayos realizados por INIA en parcelas con y sin inóculo de G. graminis y R. cerealis, en los que se evaluaron 21 genotipos de cereales. En todos ellos, el mal del pie provocó mayores pérdidas de rendimiento que la mancha ocular aguda. Las pérdidas por mal del pie fluctuaron entre 29 y 79 qq/ha en trigos invernales, 22 y 39 qq/ha en trigos primaverales, 17 y 37 qq/ha en candeales, 28 y 44 qq/ha en triticales y 21 qq/ha en cebada. En contraste, la mancha ocular aguda ocasionó pérdidas de 12 a 27 qq/ha en trigos invernales, 0 a 30 qq/ha en primaverales, 7 a 39 qq/ha en candeales y 0 a 76 qq/ha en triticales.

En todos los grupos de cultivo, el mal del pie ocasionó mayores pérdidas de rendimiento (38 a 73 %) que la mancha ocular aguda (1 a 43 %), lo que evidencia que el impacto depende tanto de la enfermedad como del grupo de cultivo. La figura 2, en tanto, refleja la alta variabilidad en la respuesta frente a ambas enfermedades, con materiales que presentaron pérdidas importantes y otros de mejor desempeño.

Los protagonistas del complejo de pudriciones radiculares

Las pudriciones radiculares son causadas por distintos microorganismos. En Chile predominan el mal del pie (G. graminis) y la mancha ocular aguda (R. cerealis). Ambas afectan el sistema radical y la base del tallo desde las primeras etapas del cultivo, comprometiendo el rendimiento y la calidad del grano. Aunque pueden coexistir en un mismo sistema productivo, presentan diferencias en su biología, epidemiología y síntomas, cuyo reconocimiento es clave para el diagnóstico oportuno (cuadro 1 y fotos 1 y 2).

Mal del pie

El mal del pie, causado por Gaeumannomyces graminis var. tritici, es la enfermedad radicular de mayor importancia económica en los cereales de invierno en Chile, con predominio desde la Región de Ñuble hacia el sur. Ensayos realizados por INIA registraron pérdidas superiores al 70 %.
La infección comienza debajo de la superficie y los síntomas suelen aparecer varios meses después, cuando gran parte del sistema radical ya ha sido colonizado por el patógeno (foto 1 y figura 3).

Las figuras 3 y 4 evidencian que un alto potencial de rendimiento no garantiza una mayor tolerancia al mal del pie, identificándose genotipos con menores pérdidas y otros altamente susceptibles.

Mancha ocular aguda

En las últimas temporadas, la mancha ocular aguda (Rhizoctonia cereales; foto 2) ha ganado importancia en los sistemas trigueros de la zona centro-sur de Chile, favorecida por la permanencia de rastrojos y cambios en las rotaciones. Aunque su severidad suele ser menor, el daño en la base del tallo reduce el transporte de agua y nutrientes, favoreciendo la tendedura, la maduración desuniforme y pérdidas de rendimiento. Ensayos de INIA evidenciaron alta variabilidad entre genotipos, con pérdidas superiores al 40%.

Las figuras 5 y 6 muestran una respuesta variable frente a R. cerealis, con genotipos que combinaron buen rendimiento y menores pérdidas, y otros que presentaron mayor susceptibilidad.

La figura 7 evidencia una disminución consistente del rendimiento en la mayoría de los genotipos inoculados con G. graminis, lo que confirma la capacidad del patógeno para comprometer la productividad. Estos resultados refuerzan la importancia de las estrategias preventivas, ya que el daño comienza tempranamente en el sistema radical, aunque sus efectos sobre el rendimiento se hacen evidentes al momento de la cosecha. 

En contraste con el mal del pie, la figura 8 evidencia una respuesta más variable frente a R. cerealis, con genotipos que mantuvieron su rendimiento y otros que presentaron reducciones importantes.

Hacia un manejo integrado

Las pudriciones radiculares requieren un manejo integrado, ya que los patógenos sobreviven en el suelo y en los residuos del cultivo. Una vez establecidas las enfermedades, las alternativas de control son limitadas. Por ello, el manejo debe combinar estrategias preventivas que reduzcan la presión de inóculo y favorezcan el desarrollo de un sistema radical sano.

Uno de los errores más frecuentes es basar el diagnóstico únicamente en los síntomas foliares. La clorosis, la falta de plántulas, el menor crecimiento o la marchitez pueden tener múltiples causas, por lo que siempre es necesario revisar las raíces y la base del tallo. El monitoreo sanitario y el conocimiento del historial del predio son fundamentales para detectar tempranamente el problema y definir las medidas de manejo.

El monocultivo o el cultivo continuo de trigo y otros cereales favorecen la acumulación de inóculo y aumentan el riesgo de enfermedades radiculares. La rotación de cultivos, planificada de acuerdo con los antecedentes sanitarios del predio, constituye una de las medidas más efectivas para disminuir esa presión. A ello debe sumarse el manejo adecuado de los rastrojos y de las malezas gramíneas, que contribuye a reducir la supervivencia de los patógenos entre temporadas.

También es importante evitar la compactación y mantener un buen drenaje del suelo, ya que la falta de porosidad y los excesos de humedad limitan el desarrollo de las raíces y favorecen las enfermedades. Un suelo con condiciones físicas adecuadas permite un mejor crecimiento radical y disminuye la predisposición del cultivo a la infección.

El tratamiento preventivo de semillas es especialmente importante en predios con antecedentes de estas enfermedades, porque protege el establecimiento del cultivo. Sin embargo, no erradica los patógenos una vez que la infección se ha establecido. Por esta razón, no debe considerarse una medida aislada ni suficiente por sí misma.

Ninguna práctica controla por completo las pudriciones radiculares. La prevención debe apoyarse en la combinación de rotaciones, manejo de rastrojos y malezas, tratamiento de semillas, monitoreo sanitario, buen drenaje y prácticas agronómicas que favorezcan el desarrollo de un sistema radical sano. El éxito depende, en definitiva, de integrar todas estas herramientas dentro de una estrategia de manejo sostenida en el tiempo.

El aporte de los bioinoculantes

Las limitadas alternativas de manejo de las enfermedades radiculares y la ausencia de productos comerciales registrados en Chile para su control han impulsado la búsqueda de bioinoculantes. El INIA ha evaluado bacterias antagonistas y una colección de más de 100 cepas de hongos endófitos conservadas en el Banco de Recursos Genéticos Microbianos de INIA Quilamapu, en Chillán. Las cepas más prometedoras fueron evaluadas en campo durante cuatro temporadas para el control de G. graminis y R. cerealis, lo que permitió identificar los tratamientos más consistentes.

El cuadro 3 muestra que las cepas y los consorcios microbianos redujeron el impacto de ambas enfermedades y permitieron recuperar parte del rendimiento perdido respecto del testigo inoculado. Aunque estas tecnologías requieren una mayor validación, los resultados evidencian su potencial para fortalecer el manejo integrado. Combinados con la rotación de cultivos, el tratamiento de semillas, el manejo de rastrojos y la elección de cultivares, los bioinoculantes podrían disminuir la dependencia de los fungicidas utilizados para la desinfección de semillas y contribuir al desarrollo de sistemas productivos más sustentables y resilientes.

Las pudriciones radiculares seguirán constituyendo uno de los principales problemas sanitarios del trigo en Chile. Mientras el mal del pie provoca las mayores pérdidas de rendimiento, el impacto de la mancha ocular aguda presenta una mayor variabilidad entre genotipos. En este escenario, el manejo preventivo e integrado seguirá siendo la estrategia más efectiva para reducir las pérdidas y proteger el potencial productivo del cultivo. Nuevas herramientas, como los bioinoculantes, podrían complementar este enfoque y contribuir al desarrollo de sistemas productivos más sustentables. Más que enfrentar cada enfermedad por separado, será necesario proteger la salud del sistema radical como base de un cultivo más productivo y resiliente.