Álvaro Espinoza: “El arándano peruano debe competir por calidad, no solo por volumen”
Usted participó en los primeros desarrollos del arándano en Perú. Mirando hacia atrás, ¿qué se entendió correctamente y qué aspectos fueron subestimados?
Nací en Ica, una de las primeras zonas productoras y agroexportadoras del país, y provengo de una familia agrícola. Desde muy joven empecé a investigar el consumo en los mercados internacionales y a observar el potencial de cultivos como la uva de mesa. La idea era comprobar que con menos recursos se podía generar más valor.
La historia del arándano comenzó para mí entre 2005 y 2006, cuando conocí en Chile a un grupo de biólogos que trabajaba con genética del cultivo. Viajé a ese país y me interesó la tecnología que utilizaban. En ese momento encontré un proyecto del Ministerio de Relaciones Exteriores que señalaba que el arándano era propio de zonas con requerimientos de horas de frío, y me pregunté si no sería posible producirlo en otras condiciones.
Entonces creé Arándanos Perú junto con un biólogo chileno e importamos material para desarrollar plantines. Pero el gran error, como suele ocurrirles a los pioneros, fue traer variedades producidas en Chile —como Legacy, Brigitta, Star, Duke y Biloxi— sin validar suficientemente su adaptación a las condiciones peruanas.
¿Qué consecuencias tuvo trasladar variedades y tecnologías sin considerar suficientemente las condiciones peruanas?
Creo que todavía seguimos cometiendo el error de copiar lo que hacen nuestros colegas o vecinos. También ocurrió con la uva de mesa: en Chile se produce con cuatro o cinco yemas, mientras que en el Perú hay que podar a ocho o nueve, porque la yema fértil se encuentra más en los ápices que en las bases. Importamos asesoría y genética, pero con el tiempo fuimos adaptando la tecnología a nuestras condiciones.

Después de trabajar en BASF, donde fui especialista nacional en uva de mesa, pensé que podía aplicarse cianamida hidrogenada —Dormex, un compensador de horas de frío— a aquellas variedades de arándano. Investigamos las partes por millón que podían utilizarse en las yemas para favorecer su comportamiento reproductivo, pero fue un gran error.
No se puede copiar de manera directa, porque el genotipo, sumado al ambiente —que incluye el clima, el agua, la idiosincrasia y otros componentes—, da como resultado el fenotipo. Una variedad que se produce en Marruecos no necesariamente se desarrollará de la misma manera en el Perú. No porque la genética sea mala, sino porque el manejo debe adaptarse a las condiciones locales. Ese fue el principal aprendizaje.
Perú está avanzando en el recambio varietal. ¿Qué debería evaluar un productor antes de reemplazar una variedad tradicional por una genética premium?
El verdadero recambio varietal no está ocurriendo en la magnitud que se supone. Casi el 40 % de lo plantado hoy en el Perú corresponde a variedades que no están adaptadas a las condiciones climáticas futuras ni a las propias del país. Esos campos están introduciendo algunas mejoras, pero no se recambian como deberían.
Cuando hay poca fruta en el mundo, poca fruta de calidad o ventanas muy cortas, variedades como Ventura o Biloxi todavía se venden a buen precio. Eso lleva al empresario agroexportador a ampliar la frontera productiva antes que a realizar un recambio varietal. Además, desde el punto de vista contable, recambiar significa reconocer una pérdida: equivale a decirle al banco que una variedad instalada hace tres años no funciona, no tiene futuro y se necesita financiamiento para reemplazarla.
Por eso, muchos empresarios eligen estratégicamente ampliar la superficie. El Perú está creciendo mediante la expansión de la frontera productiva y, en algunas áreas, también a través del recambio. Es importante diferenciar ambos conceptos.

¿Cuáles fueron los principales aprendizajes para adaptar el cultivo a la costa y al desierto peruanos?
Pueden resumirse en un trípode: genética, agua y sustrato; lo que llamo “GAS”. La genética debe ser adecuada para las condiciones peruanas, no requerir horas de frío y haber sido desarrollada en situaciones exigentes, como las de Huelva, en España, u otras zonas del mundo.
La segunda pata es el sustrato. Debe adaptarse a la variedad: no ser demasiado retentivo ni demasiado pobre, sostener la raíz y, al mismo tiempo, proporcionar un buen drenaje. La fibra de coco es una alternativa confiable, pero no alcanza con incorporar un sustrato de mayor tecnología si no se sabe manejarlo.
La tercera pata es el agua. Antes se plantaba mucho en suelo, una alternativa válida cuando las condiciones se parecen, por ejemplo, a las del norte de los Estados Unidos, donde los suelos son más ácidos. En el Perú, en cambio, muchos suelos presentan limitaciones. Las plantas exploran un volumen mayor y encuentran más problemas, entre ellos las sales. El resultado puede ser un campo desuniforme, con anoxia o asfixia radicular. Con genética, agua y sustrato alineados, la fórmula debería funcionar.
Además del calibre, la firmeza y la vida poscosecha, ¿hasta qué punto el sabor está comenzando a influir en las decisiones de los compradores?
El arándano se consume hoy más por sus aportes nutricionales que por su sabor. Una fresa se elige porque es atractiva y rica, pero nadie la consume pensando principalmente en sus antioxidantes. En cambio, la tendencia del arándano todavía está muy vinculada a sus beneficios nutricionales.
Cuando, además de esos atributos, empiece a elegirse por características organolépticas diferenciadas y por un sabor muy agradable, la demanda podría crecer de manera importante. Tanto en el norte como en el sur del Perú, el equilibrio de la fruta depende de las condiciones ambientales y de un buen plan de fertilización. La genética es como un buen auto y el manejo, como un buen conductor: una genética sobresaliente no alcanza sin un manejo adecuado.
Frente al aumento de la oferta y la expansión de las variedades premium, ¿los atributos que hoy diferencian a una fruta pueden convertirse en requisitos básicos?
Creo que el potencial del consumo todavía está subestimado. Hoy se sostiene en la disponibilidad de un producto fresco, en sus beneficios para la salud y en el trabajo de las marcas. Sin embargo, cuando el consumidor descubra que hay algo más que una fruta disponible a tiempo y a buen precio, exigirá mayor calidad y más garantías sobre su origen.
En ese escenario, los atributos organolépticos dejarán de ser solo un plus. El consumidor final tendrá cada vez más peso en la definición del mercado y en la elección de la fruta.
Se cree que Ica puede diferenciarse por las características organolépticas de su fruta. ¿Qué ventajas concretas ofrece la zona y cuáles son sus principales limitaciones?
Me parece irresponsable afirmar que “Ica va a ser lo mejor” sin conocer a fondo lo que ocurre en el valle. En realidad, allí se alinean varios componentes. Cuando la fruta transita desde la cuaja hasta la pinta, se produce naturalmente un diferencial térmico entre el día y la noche que no se registra de la misma manera en otros valles del Perú.
Ica es un desierto ubicado a unos 80 o 100 metros sobre el nivel del mar y a alrededor de 70 kilómetros de la costa, por lo que recibe poca influencia marina: funciona como un invernadero natural. Durante esa etapa puede haber 7 u 8 °C por la noche y entre 28 y 30 °C durante el día. Muchos especialistas en frutales creemos que ese diferencial térmico aporta características organolépticas particulares. Cuando el consumidor final empiece a valorarlas, podría definir el mercado.
La zona también dispone de mano de obra capacitada para cultivos de exportación. La principal dificultad no es solo la disponibilidad de agua, sino su organización y gestión. Además, el sur presenta condiciones más extremas, como altas temperaturas, vientos paracas y sales, que pueden exigir el tratamiento del agua mediante ósmosis. Si esos factores se conocen y se manejan correctamente, se puede trabajar muy bien; pero no es posible trasladar sin cambios el mismo enfoque utilizado en el norte.

¿El crecimiento del sur representa una competencia para las zonas del norte o ambas regiones pueden complementarse?
Ambas zonas se van a complementar. El mercado necesita fruta fresca y de buena calidad durante las 52 semanas del año, y todo el Perú produce fruta buena o muy buena. Sin embargo, cada valle requiere un manejo propio y puede ofrecer perfiles diferentes.
Cuando exista un traslape de las ventanas, el trader, el retail o el consumidor final podrán inclinarse por la fruta que prefieran. Por eso, el desafío no es producir donde resulte más barato, sino donde existan las condiciones más favorables para obtener un mejor producto terminado.
Creo que la tendencia será producir más valor con menos recursos: con menos agua, más fruta de calidad; con menos superficie, una mayor rentabilidad. No se trata necesariamente de estructuras cada vez más grandes, sino de sistemas más eficientes.
Luego de las últimas temporadas climáticamente complejas, ¿qué prácticas o decisiones tuvieron que revisar los productores?
Los eventos climáticos ya no son anomalías: son constantes y deben incorporarse al proyecto de inversión. Si esos riesgos no están contemplados, hay que retroceder, recalcular y empezar de nuevo. No se puede ir contra la corriente, sino adaptarse y trabajar con variedades que respondan a esas situaciones.
También hemos plantado en zonas donde no deberíamos haberlo hecho, bajo condiciones de alto riesgo. Además de los daños directos provocados por lluvias, inundaciones, mareas o vientos, existe un impacto menos visible sobre las plantas. Cuando una variedad no adaptada atraviesa un clima agreste durante un año completo —porque El Niño no ocurre de golpe—, puede tardar entre dos y tres años en recuperarse, perder estadios fenológicos y producir flores de mala calidad como consecuencia del estrés.
Por eso, el cambio climático debe preverse desde el diseño del proyecto. Se necesita alinear genética, agua y sustrato, y elegir variedades capaces de sostener la producción frente a condiciones adversas. No alcanza con incorporar una variedad premium: cada empresario debe validar responsablemente el conjunto del sistema para evitar problemas futuros.

¿Qué deberá hacer Perú durante los próximos años para sostener su liderazgo sin depender solamente del crecimiento del volumen exportado?
En primer lugar, los gremios deben cumplir su verdadero papel: comprender la problemática de cada empresario y productor y contribuir a ordenar la actividad. Mediante un sistema o software, por ejemplo, se podrían planificar las épocas de poda para evitar que todos compitan al mismo tiempo.
Además, la Cancillería y los ministerios de Comercio Exterior deberían convocar mesas de trabajo con México, la Argentina, Chile y otros países del hemisferio sur para ordenar la oferta y construir alianzas. Hay producciones en las que no resulta rentable insistir, mientras que otras pueden redistribuirse mediante acuerdos y planificación.
El Perú también debe generar fondos para investigar genética local, capaz de tolerar anomalías propias de nuestras condiciones. El liderazgo no se sostendrá solo mediante una mayor superficie, sino a partir de una fruta equilibrada, adaptada y sostenible.
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