Manejos: Cuando el suelo es una limitante

El clima y la genética han sido clave en el auge agroexportador del país, pero la producción en suelos arenosos plantea desafíos técnicos que hoy empujan a la industria peruana a innovar para sostener su crecimiento.
Abril 23, 2026

Por: Claudio Koplow Ing. Agr. M. Sc.

El Producto Interno Bruto (PIB) agrícola de Perú muestra en 2025 una clara recuperación tras años de inestabilidad. Las agroexportaciones apuntan a cerrar el año en torno a los US$ 15.000 millones, impulsadas principalmente por paltas, arándanos y uva de mesa. Detrás de estas cifras, sin embargo, persiste un desafío estructural que condiciona buena parte del éxito productivo del país: la calidad y la naturaleza de sus suelos agrícolas.

Quienes están vinculados a la producción frutícola conocen bien la relación íntima entre el clima, la planta y el suelo. En la costa peruana, esta tríada se expresa de manera particular. El clima actúa como un habilitador clave; la genética ha avanzado con rapidez, pero es el suelo, en muchos casos, el factor que define hasta dónde puede llegar el potencial productivo.

Un clima que juega a favor

Perú se ubica en la franja tropical, entre la Línea del Ecuador y el Trópico de Capricornio (23,4° de latitud sur), lo que implica una característica relevante: la ausencia de fotoperiodo marcado. A lo largo del año, la duración del día se mantiene prácticamente constante, con variaciones mínimas hacia el sur del país.

Desde el punto de vista fisiológico, la dormancia es una respuesta adaptativa ante condiciones adversas como el frío, el hielo o la nieve y está mediada, principalmente, por el fotoperiodo. En la costa peruana, estas señales prácticamente no existen; lo que en términos concretos significa que cultivos como la uva de mesa no pierden naturalmente las hojas, por lo que la senescencia debe inducirse artificialmente.

Esta condición permite sistemas altamente intensivos, con doble campaña en uva de mesa y plantas productivas durante gran parte del año, alcanzando rendimientos que pueden superar las 7.000 cajas por hectárea al año. Salvo eventos excepcionales —lluvias estivales, tormentas tropicales o fenómenos como El Niño costero—, el clima ha sido un aliado decisivo del desarrollo agroexportador peruano.

Genética dinámica, industria joven

A este escenario climático se suma el rol de la genética. El fenotipo de una planta —entendido como el conjunto de características observables, funcionales y medibles— es el resultado de la interacción entre su patrimonio genético y el ambiente en el que se desarrolla.

Una de las características más distintivas de la agroindustria peruana ha sido su dinamismo en la incorporación de nuevas variedades provenientes de las principales casas genéticas del mundo. Se trata de una industria joven, inquieta y en constante búsqueda de mejoras productivas y comerciales, lo que ha permitido avanzar rápidamente en competitividad y posicionamiento internacional.

Tomemos como ejemplo precisamente el caso de la uva de mesa. Todo nace con el desplome de la variedad estrella del Perú, la Red Globe, una variedad roja de gran calibre -30mm-, esférica y semillada. El 2013 el valor de su caja (equivalente a 8.2 kg) cayó de 50 a 12 dólares. No había otro camino, hubo que innovar varietalmente para sostener la naciente industria. Las casas genéticas como Sun World, SNFL, IFG, ARRA, ANA Chile e ITUM se instalaron en Perú, otorgando los respectivos permisos a los viveros, y aparecieron nuevas variedades licenciadas como Autumn Crisp, Sweet Globe y Allison, entre tantas otras. Es tal su desarrollo que hoy por hoy Perú tiene más de 22.000 hectáreas de uvas licenciadas.

Sin embargo, todo este potencial genético y climático se enfrenta a una condición transversal en gran parte de la costa: el suelo.

Producir sobre arena: el factor limitante

Gran parte de los suelos agrícolas costeros del Perú está conformada por arena desde la superficie hasta la profundidad. Se trata principalmente de arenas finas (0,125 a 0,25 mm), con muy baja materia orgánica (<0,5%) y una capacidad de intercambio catiónico extremadamente reducida (CIC <3%). A ello se suma la compactación generada por eventos de lluvias intensas, como los de más de 900 mm registrados durante el Niño costero de 2017.

La arena predominante en los suelos agrícolas peruanos es dulce y fina, la cual requiere de inversión y tecnología para mantener su productividad comercial .

En la práctica, producir sobre estos suelos es hacer hidroponía: sistemas altamente productivos, pero también poco resilientes, en los que cualquier desajuste en el riego, la nutrición o el manejo puede tener impactos inmediatos.

La respuesta del sector ha sido la inversión y la tecnología. La empresa privada ha estado dispuesta a asumir riesgos, incorporando riego de alta precisión, plantas de ósmosis inversa, packings climatizados y manejo agronómico de primer nivel. Aun así, la fragilidad productiva sigue estrechamente ligada a las características físicas del suelo.

El oxígeno: una limitante invisible

Uno de los factores menos visibles —pero más determinantes— en estos suelos es la disponibilidad de oxígeno en la rizosfera. Este, junto con el carbono, es uno de los principales componentes de la materia seca vegetal, y su acceso a las raíces puede verse limitado por la escasa porosidad efectiva de las arenas finas.

Hoy se producen con éxito uvas, paltas, mangos y arándanos bajo estas condiciones, lo que demuestra la capacidad de adaptación del sistema productivo peruano. Para ello resulta fundamental la incorporación de guanos maduros o compost para suplir la carencia de materia orgánica, o sus equivalentes más elaborados como ácidos húmicos/fúlvicos. Hay huertos donde incluso se incorporan arcillas del tipo Illita, Montmorillonita a la línea de plantación con el fin de aportar CIC y capacidad de retención de agua. Por cierto, la agroindustria peruana de exportación está totalmente tecnificada, los huertos son regados con sistemas presurizados, principalmente riego por goteo. De otro modo, sería casi imposible producir, ya que, como se mencionó anteriormente, la situación se asemeja más a la hidroponía que a un sistema convencional, como sucede en Chile. Y la hidroponía es sinónimo de fertirrigación, por lo que sin esta tecnología, dudo que el éxito hubiese sido tan abrumador.

Desarrollo al modificar la arena fina del suelo por arena gruesa con alta porosidad y disponibilidad de oxígeno.

Sin embargo, queda abierta la interrogante sobre cuánto más se podría avanzar en cantidad y calidad si el oxígeno, fuese medido, entendido y manejado con mayor precisión.

A diferencia del nitrógeno, fósforo o potasio —que pueden incorporarse vía fertirrigación—, el oxígeno no es un nutriente que se pueda aplicar de manera convencional, lo que obliga a repensar el manejo del suelo desde una perspectiva más física y estructural.

Experiencias y nuevas herramientas

Experiencias de campo realizadas en la costa norte del país han mostrado diferencias notables en el desarrollo radicular al modificar la textura del suelo, reemplazando la arena fina por la arena gruesa en el entorno inmediato de las plantas. El contraste en la cantidad, el vigor y la calidad de las raíces evidencia la relevancia de la aireación como factor limitante del potencial productivo.

Una mayor disponibilidad de oxígeno podría influir directamente en la expresión genética de los cultivos, afectando variables como el calibre, el color, el dulzor, la condición de la fruta y la tolerancia al estrés. En este contexto, comienzan a surgir tecnologías orientadas a abordar esta brecha, como la aplicación de nanopartículas de oxígeno en el agua de riego, el uso de sondas de capacitancia para estimar el contenido volumétrico de agua del suelo, y por defecto el espacio disponible para aire (oxígeno), y herramientas más recientes como el fotorizotrón.

Este dispositivo, instalado en la zona radicular durante la campaña, integra sensores de disponibilidad de oxígeno y temperatura, así como una cámara de alta resolución que permite observar el desarrollo de las raíces en tiempo real. El concepto relevante de esta tecnología es la interacción de riego, temperatura y oxígeno, lo que se evalúa observando directamente cómo crecen o no las raíces. Avances como estos reflejan cómo, incluso en suelos de baja calidad de acuerdo a lo que se entiende como un suelo normal (con textura, estructura y materia orgánica), la combinación de conocimiento, tecnología e inversión ha permitido a la agroindustria peruana no solo producir, sino también seguir empujando los límites de su propio potencial.